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Mis creencias infantiles
¿Qué es algo que creías de niño y que ahora te parece ridículo?
Cuando era niña creí, como todos los de mi edad, que existían tres señores, Reyes para más señas, que trabajaban a destajo un día y pico para traernos regalos que podían coincidir o no con lo que les habías puesto en la carta de marras que escribías con todos los nervios a flor de piel. Luego caí en que, en otros países, era un señor vestido de rojo con mucha pinta de buena gente, que se deslizaba por las chimeneas, siempre apagadas, de los hogares agraciados y eso ya fue un mosqueo sideral porque yo no entendía esa diferencia entre países, que yo era pequeña, si, pero siempre he atado cabos de una manera maravillosa.
También creí en el Ratoncito Pérez que luego resultó ser un hada en otros lugares y ya, la balanza de 3 Reyes versus Noel, quedó equilibrada con Ratón frente a Hada. Es decir, un hada preciosa para unos y un ratón con sus orejotas, sus ojos chiquitos y su gran cola? No es justo. Ni estético.
Llegué a creer que los matrimonios eran todos felices y se amaban porque ninguno de los dos cogía el portante. Más adelante, claro está, entendí que no existía el divorcio en nuestro país, y que lejos de ser felices, aguantaban porque no había forma humana de disolver aquello y, cuando eras abandonada por tu marido, te veías en un problemón porque necesitabas su autorización para abrir una cuenta corriente, como si tu materia gris fuera distinta, más infantil, con alguna discapacidad desconocida por todos menos por quien puso esa norma. Recuerdo una anécdota maravillosa (vaya por delante que llamarla «maravillosa» es un sarcasmo) donde mi madre se quitaba de otras cosas para poner dinero en la cuenta familiar y comprarme una habitación. Tenía cuatro años y dormía en una cuna de ese hierro que sabes que en cualquier momento se hundirá por tu peso y, para paliar semejante atropello mi madre me colgó a los pies un payaso horroroso hecho por ella y que, cuando despertaba a media noche, parecía un señor colgado en un suicidio que, si llego yo a saber, me apunto. Mis pies, además de rozar con el pobre muñeco, se salían fuera de la cuna y me levantaba hecha un ocho porque me golpeaba contra los barrotes de hierro. Total, que ella, mi madre, hacía sus cuentas y, cuando creyó que podía retirar la suma por la que podría comprarme una cama y un armario, qué dispendio por Dios! le dijeron en la entidad bancaria que eso lo había hecho su marido antes. Durante la comida, algo que a mi padre le reventaba porque le encantaba comer en paz, sacó la cartilla y le preguntó que dónde había puesto el dinero. «En los forros del coche» le contestó colorado. Entonces descubrí que lo que yo entendía por un héroe no era más que un egoísta al que le importaba nada que a mi me doliera el esqueleto. Mi madre, como respuesta, se fue a comprar mi cuarto a plazos. Cuando llegó mi cuarto y vi que tenía una cama litera, además de un precioso escritorio donde estudiar, supe que llegaba un hermanito o una hermanita a mi vida y así fue.
Yo creía que mi padre me quería que está en ilusiones justo detrás de creer que un ratón te traía una moneda por un diente. Pero entonces vi claro que no, y como respuesta a entender que había preferido a su coche que a mí, me dediqué a tirar de los flecos de colorines de sus forros y dejarlos desparejados. No porque nadie me hubiera dicho que mi padre no era más que un hombre al que le importaba cero, no. Sino porque sentí, en aquel momento en la mesa, que yo era menos que nada para él.
Yo creía que, tal vez, si me esforzaba mucho, y hacia muchas cosas bien, aunque no daba yo pie con bola, lograría su cariño. Luego, cuando descubrí que no sería una dibujante maravillosa como mi primo el mayor, o una bailarina de pro, o una estudiante de manganilla, como todos mis primos paternos, que mi padre circunscribía a los de un hermano suyo, teniendo tres más, cuando, en definitiva, supe que jamás, ni en mis sueños más húmedos estaría yo a la altura ante un hombre que terminó la EGB y que trabajaba desde bien pequeño, al que jamás vi leer un libro pero era capaz de declamar a Lope de Vega porque fue tipógrafo en una imprenta, de quien luego descubrí unos orígenes turbios que dejaban la vida de mi madre a la altura de un cuento de hadas bien naif, cuando me rogó que dejara de molestarlo, como si ejercer de padre le arrancara la piel a tiras, entonces recogí la creencia de que ser padre, ejercer, no era para todo el mundo y la tiré bien lejos de mi vida.
Mi padre fue el que hizo que, mi idea de niña de que las familias eran todas de cuento, era una auténtica mamarrachada, y ahora, en unas vacaciones en soledad con mis hijos, donde mi marido no llama a mi hija para preguntar si respira o si lo hace su hermano, mientras tengo que escuchar preguntas del tipo qué es lo que han hecho mal, yo les digo que, a veces, los padres no somos un cuadro perfecto. Tenemos nuestras luces y nuestras grandes sombras. Por ello pagan los que menos culpa tienen, los hijos. Queda del otro progenitor, si es un poco sensato, aliviar el pesar que queda en el espíritu de nuestros retoños. Y en esas estoy! Pero sin dramas, que aquí, en mi casa del sur, solo hay hueco para la tranquilidad, el descanso y la diversión. Todo lo demás queda fuera, como dicen en Justicia, esperando su momento procesal oportuno.
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El canario
Soy un pájaro canario que vive en el interior de un árbol al fondo del todo de un jardín. Mi casa está justo al lado de una vivienda que, durante un tiempo fue una vivienda familiar y que luego adquirió un matrimonio para pasar largas temporadas vacacionales en ella. Antes los veía, de hecho, llegar juntos cargados con su equipaje. Más tarde, empezaron a llegar por separado. Ella siempre primero que él. Regaba el jardín, limpiaba las terrazas, y, al poco, se unía su familia.
La he visto dar la bienvenida a su hija y sus nietos, sus hermanos y hermanas, amigas que pasaron sus vacaciones junto a ella…hasta que partían de nuevo a la rutina de la vida diaria y mi pareja y yo dejábamos de oír ruidos ajenos.
Solía venir también un señor alto, moreno, con ropa cómoda. Se acercaba a una barbacoa de piedra del jardín, encedía un fuego…y mi pareja y yo volábamos a otro sitio mientras el humo inundaba todo el árbol. Comían luego en una mesa y unos bancos de piedra que hicieron poner bajo mi casa, y que subieron hasta ahí a golpe de grúa, y allí festejaban el cumpleaños de la hija mayor, o la propia vida misma. Así, un año tras otro hasta que, uno de ellos, el penúltimo, se produjo algo que dejó a todo el mundo sin salir de casa. Los humanos llevaban mascarillas cubriendo las bocas y entonces todo se volvió menos ruidoso, con menos humos no sólo de la barbacoa sino de los coches que veíamos por cientos cada día y cada noche mi pareja y yo.
Ese año vino la dueña de la casa sola con su hija mayor. Durante un mes las vi reír muchísimo, aplaudir a una cantante que trabajaba muy cerca de la vivienda y cuyos aplausos agradecía puesto que los clientes del restaurante no se estiraban nada en los alagos, hablar largo y tendido… Cuando se despidieron la una de la otra, se llevaron cada una en el corazón el mes más feliz de sus vidas. A mi solo me faltó gritarles que lo habían conseguido sin barbacoas de ningún tipo pero, como soy de natural tímido, preferí reservarme la opinión.
Al año siguiente todo fue muy raro. La señora vino en épocas navideñas pero salió de la vivienda muy enferma. Luego, un silencio pesado cubrió la casa y, a pesar de que llegaron días vacacionales, no volví a ver a nadie. Luego vino el marido con gente que no habíamos visto nunca. Más adelante apareció la hija, con el rostro cubierto por una tristeza que no había visto nunca y entonces entendí. La dueña de la casa ya no estaba entre nosotros pero sí su espíritu que comenzó a visitar el jardín y la vivienda mientras estaba su familia en ella.
Un día me miró y me preguntó si podía tomar mi cuerpo unos instantes. Quería decirle a su hija que ella compraría aquella tristeza profunda, para llevársela muy lejos y que la felicidad volviera a su rostro. Se lo permití porque soy un canario de muchos años que, a mi edad, que el espíritu de alguien me pida algo tan increíble no me parece extraño. Me he curado de espanto. Eso, y que soy muy generoso! No quiero ver a mi pareja si a la señora le da por no marcharse!
Volé hasta la figura de la hija que estaba asomada en la terraza y entonces noté a su madre que le dijo que compraría felicidad a raudales y que se la daría a manos llenas si con eso conseguía devolver la alegría a su rostro. Entonces la hija me miró muy seria, como si el hecho de que un pájaro canario hable con la voz de su madre no fuese algo como para dejar a cualquiera patidifuso y contestó: «No hace ninguna falta que te lleves mi tristeza y que me compres o me vendas felicidad. Yo te llevo en mi corazón, muy dentro, y con ello mitigo la pena de no volver a verte. No te preocupes por mí». Entonces sonrió. No como antes no, pero sí con la certeza de tener a su madre cerca, contemplando su vida. Me besó en la cabeza, soltó una lágrima y terminó con un: «y ahora deja al pobre canario! A ver si tras esto no lo cuenta!» Y entonces volví a ser enteramente yo y la hija…volvió a ser enteramente ella. Y cada uno volvió a su vida, como si nunca hubiera ocurrido un milagro entre nosotros.
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El Grado 2 toca en Avatar
Ayer, en un alarde de no se qué, mientras mis huesos cansados acompañaban al peque a la playa, mientras lo miraba bailar como Michael Jackson dentro del agua (Michael Jackson y su música es ahora su interés top) mientras intentaba explicarle que iba a trasladar las cosas a otro sitio mientras él comía papas fritas sin escucharme, mientras lo veía huir de la gente en el agua, caí en la cuenta de que el diagnóstico de mi hijo, TEA grado 1 no es correcto. Convivo con un grado 2 y yo, que he ido a un millón de sitios a oír a un millón de expertos, he descubierto que no he sido nada objetiva con él. Pero claro! Qué esperas de una madre que vive todos los días de su vida por la fuerza que le dan sus hijos? Cómo te conviertes experta en alguien a quien amas? Cómo eres objetiva y precisa como un cirujano? Tan bien digo que él no partió de abajo como su hermana que fue un grado 3 y fue escalando peldaños hasta convertirse en la mujer que es hoy. Él hablaba, señalaba, reía, compartía…pero las involuciones suceden en cualquier momento y a él la adolescencia, sus cambios y entrar en la ESO, le han supuesto un coste grande. Se afianza en sus rigideces, ya casi no habla con extraños, cuando antes en la orilla siempre encontraba alguien con quien pegaba la hebra, y en definitiva, se sujeta con fuerza a lo que aún es inamovible.
Mientras bajábamos a la playa, bordeamos un parque infantil que se reparó por el Ayuntamiento porque allí, subirte a un tobogán era una actividad de alto riesgo. Se quedó quieto, observando. Le dije que qué bonito el parque reparado y él me contesta que no solo eso, que el suelo ya no es el mismo, y sigue enumerando los cambios. Entonces doy un suspiro fuerte y le digo que, algunos cambios son muy buenos y que las cosas no duran para siempre. Me mira y me contesta que es verdad y que él sabe que él y yo un día cualquiera dejaremos de estar mientras yo alucino con esa conversación a metros de la playa, quietos, haciendo un duelo por un parque cochambroso. Entonces le digo que eso será otro día, a otra hora pero que ese momento es para ir a ver el mar, disfrutar, nadar. Está de acuerdo y sigue su marcha.
Cuando llegamos a la playa me froté los ojos por si me había equivocado y estaba en Benidorm. No había sitio para extender una toalla a las cinco y media de la tarde de un sábado. Doblé mi toalla hasta el tamaño de un ladrillo, me arrimé el bolso y nuestras chanclas, y guardé la ropa casi en vertical. Lo vi entrar en el agua, hacer sus pasos de baile mientras yo escuchaba al verlo a Billie Jean, hasta que estiró su cuerpo y entró a nadar. Yo lo observaba desde la orilla pensando en cómo he estado tan gilipollamente ciega. Acudo a Google y leo las características del grado 2 y ahí está mi hijo calcado. Miro al agua y él sigue nadando, ajeno a los balones que caen cerca de él y que no hace por devolver a nadie. Se interna mar adentro. La gente definitivamente le molesta. Voy al agua a remojarme y él se acerca para estar conmigo. Le digo que solo voy a estar un momento porque tengo miedo de que me roben las pertenencias que yo he tardado en detectar su grado, pero detecto a chusma de un barrio concreto de la isla a 200 metros, que no es porque yo sea una miss lady, no, sino porque el barrio ese lo visité muchas veces con mi madre para ver a su mejor amiga. Y cuando has conocido y te has adentrado en sus calles y callejones, al verlos los sientes como ese familiar directo al que debes invitar a tu boda por compromiso, ese que se presenta con sus peores pintas, el que, tras las palabras de la juez de turno invitando a decir unas palabras a los novios, abre la boca y dice que la boda está de puta madre. Ese rollo.
Salgo del agua y me quedo allí sentada pensando en esas madres que, ante la mayor de las evidencias dicen que sus hijos no son así, aunque sí lo son, en una proporción de cabrón el triple de la ceguera de su madre. He estado ciega pero ya se acabó. No es cuestión de hacer nada especial ahora. No voy a sacar una barita mágica y cambiar su mapa neuronal, pero sí enfrentar el próximo curso escolar desde otra perspectiva.
Los hijos, a veces porque son los benjamines, a veces por únicos, por cariñosos o por cachondos, hacen que los veamos desde la única mirada que existe en este viaje maravilloso y terrorífico a partes iguales de la maternidad, que es la mirada del amor, pero, debemos ser cautos y no oír sólo los cantos de sirenas porque detrás de ellos pueden estar pidiendo ayuda a gritos mientras nosotros creemos oír música celestial. Yo ya lo he oído alto y claro. Ahora toca ponerme a ello!
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Final de un año escolar
Ayer acabó de manera oficial el colegio del niño pero, nosotros, o mejor, yo, decidí no mandarlo desde el miércoles. La falta de transporte escolar, el trabajo de su padre, mi trabajo y que salía a la una del mediodía, dio como resultado la decisión tomada. «Tú dale alas!» me dijo su padre, y yo pensé que ojalá le salieran un par y me diera una vuelta por el mundo mundial.
Llegó el viernes, día de las notas y yo me descargué la aplicación en el móvil para verlas online. «Eres una ansias!» pensé, pero luego cabilé que si no lo hacía así iba luego a tener que verlas ya por la tarde, y se me pasó el momento crítica. Entro a mirar a ver si ya están, y, para mi sorpresa, sí que sí. Empiezo y termino de leer en cuestión de segundos. Le han quedado plástica, a quién le importa, tecnología, para la vida sí, pero como peso específico en si pasa o no de curso no, y francés. Recuerdo el día del examen. No se toma la pastilla para el Déficit de Atención e Hiperactividad porque se le han terminado y no ha recordado avisar. Resultado…este. Comienzo a flagelarme por no haber controlado el tema medicación, luego recuerdo que ha suspendido solo asignaturas que no mira ni con su padre ni conmigo, y se me pasa. Su hermana, que es la que le explica francés dice algo así como » je suis désolè» que yo traduzco como que está desolada y que en realidad significa «lo siento». No importa. Nada importa sino que lo hemos aupado hasta segundo de la ESO con todo lo que eso nos ha supuesto, a él el primero, que tuvo que hacer un duelo gigante a todo lo que desapareció de su vida. Su aula, un solo profesor, su patio, asignaturas nuevas, su autismo que yo percibo en un grado dos, aunque los expertos digan que no…en fin, muchas cosas que digerir en unos pocos meses.
En casa leo el informe de su profesora de NEAE y siento ganas de llorar. Manifiesta en él lo que, desde el profesorado se debe realizar para que todo funcione, que es un calco de lo que vengo pidiendo, clamando en el desierto de la indiferencia parcial del claustro. No dejar nada a la improvisación mostrando todo en la aplicación del colegio, la agenda escolar supervisada no sólo por sus padres, coordinación con la orientadora que este curso se ha hecho humo, respeto por las disrupciones del chaval en el aula cuando está sobrepasado…en fin, como digo, cosas que solo han hecho dos profesoras. Los demás ni han estado ni se les ha esperado.
Cuando acabó el informe, le escribió una nota felicitándolo por todo lo conseguido, lo primero, adaptarse a un curso que nos ha sido hostil desde el principio. Yo sentí la tranquilidad de haberlo hecho sobrevivir a pesar de todo. Achuchando a maestros, a su padre, a su hermana, a mí misma para llegar a la orilla sin muchos daños. Miro las notas de nuevo y todo lo que dicen «X, si te esforzaras un poco más aprobarías» claro que sí Guapi!! «X, tienes que esforzarte por trabajar en grupo» vete un poquito a la mierda!! «X, has hecho un gran esfuerzo pero no has conseguido llegar al aprobado» esta última es de la de francés que se tiró un año sin darme de alta en la aplicación, cuya asignatura entiende el chiquillo porque se la explica su hermana, la misma persona que le da Geografía y que no ha conseguido enganchar a la mente científica de mi hijo el gusto por la asignatura. «Tú tampoco has estado a la altura reina» piensoPara olvidar todo este mal rollo me voy unos días a la casa del sur. Aún tenía vacaciones pendientes del año pasado y me voy a convalecer de todo este atropello. Voy a ver qué tal está la casa, pobrecita mía, y a limpiar un poco sus rincones mientras ella me ofrece su paz. Voy a escribir en la terraza, voy a desayunar viendo como amanece en el pueblo, voy, también, a buscar a alguien que repare sus paredes. Un toma y daca. Ese que no tuve en todo el año escolar. Je suis désolè!
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En busca de la hija perdida
Últimamente, y por razones logísticas, he descuidado un poco mi relación con mi hija, a pesar de que, entre ella y yo, nos hemos turnado para recoger a su hermano al colegio en a tomar por saco cuando su padre decide no querer o no puede. Bueno, la realidad es que ella lo va a buscar cuando ve que me salen los higadillos por la boca pero, también es cierto que noto que necesita la ayuda de un profesional de la psicología para que perfile un poco su psique, no con la intención de cambiarla, sino con la de que eche raíces fuertes que la sujeten bien al terreno y no la haga volar la opinión o la acción de cualquier anormal. Me ayuda con eso, con acompañarlo a alguna terapia, con la preparación de alguna comida…es un sol en toda la extensión de la palabra. Muy buena gente vaya!
Noto su inseguridad abriéndose paso y yo, que no soy un buen ejemplo en lo de creer en tí misma, no consigo tener éxito en parar a ese monstruo que se va haciendo cada vez más grande y fuerte. Ahora, en un giro que no sé cómo catalogar, para ir al gimnasio, por ejemplo, se maquilla los ojos con unas sombras nada discretas y elige lo que va a ponerse el día antes. Trasteando en mis cosas, descubrió una camiseta de estas que son, en realidad, ropa interior. Le dije que ni se le ocurriera ponerse eso, que se le trasparentaba el pecho, y que no era una camiseta. Media hora y muchas advertencias después, leyó la palabra underwear en el reborde y cayó en la cuenta. Lo de la sombra de ojos tiene un pase como un piano, me da igual que se maquille, que no, que sude y pueda parecer a posteriori un mapache porque es adulta y ya debe hacer y errar como Dios manda y no lo que le opine yo, pero lo de llevar ropa interior mía además me pareció un poco too much. Gracias al cosmos, la palabra ropa interior apagó el fuego de ir cómoda y fashion.
En su cumpleaños decidió no ver los mensajes de WhatsApp porque, según ella, las dos amigas que tiene como supervivientes del cole no iban a felicitarla. Es lo que hace tener ansiedad, hace que te pierdas parte de la fiesta porque la muy canalla sólo elabora situaciones con mucho de catástrofe. Esa es otra. No tiene mucha relación con nadie, aunque todo el que la conoce habla de lo buena y educada que es y a pesar de que le pago el gimnasio y le digo que vaya a las clases presenciales y así se roce con gente de su edad. No le gusta. Quiere amistades que le caigan del cielo o por ciencia infusa. Yo me cayo y la dejo. «Tiene que vivir cometiendo errores» me digo. Pero eso es una mierda.
Como es una crack para todo lo informático, como ejemplo pondré que, a la edad de 3 años abrió YouTube, aplicación que no teníamos instalada en ningún sitio, buscó su canción preferida (I want to break free, de Queen) con un título que yo, para escribirlo bien, lo tengo que mirar en Google. Y ella lo encontró con 3 años. Y se lo puso en bucle mientras su padre y yo la mirábamos admirados desde la puerta del estudio, bueno, pues como es una crack, se ha hecho un grupo de estudio donde ella es la mandamasa. Sus normas, sus expulsiones, sus lemas, este mes tiene algo relativo al orgullo gay de la que es muy afín porque sabe lo que es vivir en discriminación en sus propias carnes, y, siempre antes de expulsar, me pregunta a mi si debe hacerlo. Como si yo fuese un emperador romano y ella un gladiador que no sabe si debe dar la puntilla a su adversario. Yo, como adulta funcional que ella cree que soy, levanto o bajo pulgar según mi criterio de cero experta conocedora de la raza humana.
Sé que debo hablar con ella sobre qué quiere, qué siente, a qué quiere dedicar su tiempo libre…pero yo, entre las gilipuerteces de su padre y el curso pesadilloso de su hermano, le he perdido la pista, como si yo fuera un planeta y hubiera perdido un satélite o algo así. Me siento como perro sin pulgas que decimos por aquí. Hoy debo empezar a mirarla, no a su físico imponente, sino a su interior, debo ayudarla y acompañarla en el tránsito de presentarse como la mujer maravillosa que es, y hoy, hoy, salgo en su busca. Ya lo hice una vez. Espero conseguirlo de nuevo!
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Los finales y los principios
Hemos terminado toda la familia con los exámenes de primero de la ESO del niño y estamos esperando resultados cada uno en su categoría, que aquí, todos, hemos arrimado el hombro. No pudimos descansar tras esto, o mejor, no pude descansar porque ante la visita Papal debí atarme los machos bien fuerte. No importa si debíamos permanecer en casa, eso se entendía rápido porque hubo múltiples cierres de vía y, menos para mí, que vivo a dos pasos de mi trabajo y que por ello me pedí el día, ir al trabajo puntuaba doble en esta yincana vital de un día.
Me pedí el jueves por agotamiento y porque sabía que iba a ser duro para mis hijos como así fue. Hubieron tres helicópteros policiales en el aire mientras la figura Papal se adentraba en un barrio chiquito como una uña, lleno de recuerdos de la colonización que se volcó en que estuviera cómodo a pesar de las estrecheces. Después de comer, mirando a los tres les dije que me iba a acercar a la Catedral porque quería ver el ambiente. Me miraron entre incrédulos y sarcásticos y, con sus miradas clavadas en mi nuca, salí a dar una vuelta. Me metí por una calle que da a la Catedral y, cuando ya iba a mudarme a otro sitio y contemplaba el ir aún hasta más arriba, me giro y veo la imagen de Su Santidad en pantalla grande. Tan grande era que parecía una escena de «Los viajes de Guliver» donde él era el gigante que me miraba desde arriba. Ví el acto entre el asombro de vivir un momento histórico y volví a casa. Mi hija a esas alturas andaba mortificada por el ruido de las aeronaves y yo solo podía cerrar las ventanas, darle cariño y aguantar junto a ella. El ruido acabó en cuanto se trasladó a dar la misa a la parte alta de la ciudad que fue en torno a las 7 de la tarde. A esas alturas, mi hija ya casi no podía más.
Al día siguiente, para celebrar la vuelta a la normalidad y el fin de los exámenes, me apunté a un curso de yoga terapéutico. Qué descubrimiento! Era a las 5 de la tarde de un viernes y yo, solo por la curiosidad, no me dejé caer ante la pereza de estar un rato en posturas a las que mi cuerpo, que tiene forma de Playmóvil, no está en absoluto acostumbrado.
Hablamos de los «cuando tenga tiempo» de los «voy a renunciar a esto que resulta ser más importante que yo misma» y caímos en la cuenta que, a cualquier edad, la prisa y el estrés son los dueños de nuestra vida. Luego pasamos a hacer las distintas asanas (único término que conozco del yoga) y cuando acabé sentí una calma que no había sentido en mi vida. Me tomé un té que se llamaba «calma interior» por apuntalar, dije, y tomamos un snack saludable que nos puso el gabinete. Unas cuantas galletas saludables, fresas y agua después pegué la hebra con la monitora porque me sonaba su cara muchísimo y resultó que nos conocíamos ambas de atender a habitantes de Avatar, ella profesionalmente y yo por maternidad. Le conté que solía ir donde ella trabajaba con mis dos hijos a que ellos realizaran actividades con personas que los entendían a la perfección hasta que mi hija se plantó y me dijo que no volvía más porque en Avatar habían personas con mayor grado de necesidades que ella y que de allí sólo conseguía penas. Que le jodía mucho que algunas monitoras, gente voluntaria y sin experiencia, la trataran como a una niña pequeña y no oyente, como colofón a un capacitismo que mucha gente lleva en su haber ante las dificultades del que tiene delante. Y así acabó nuestra singladura por los mares de la asociación. Alucinó muchísimo cuando le conté que, desde el no hablar y no señalar, había llegado a aprobar unas oposiciones y que ahora estábamos centrados en llevar al enano hacia adelante.
Antes de que la monitora y la psicóloga me echaran por pesada, les di las gracias a ambas por el rato tan bonito y agradable, las abracé con gusto, y salí de allí con ganas de quedarme en aquel estado de paz un rato más. Paseé por el barrio, localicé un herbolario que buscaba hacía años porque, sí, el barrio es pequeño pero mi prisa cuando lo transito enorme, entré un instante, ví con sorpresa que se acercaba la hora de la cena en Avatar y hasta allí dirigí mis pasos.
Cuando me acosté no fui capaz de esperar a mi enano con los ojos abiertos y él se acurrucó junto a mí gimiendo porque me iba al mundo de los sueños sin él. Le dí la mano para no dejarlo atrás y no recuerdo más. He dormido con una paz que no había sentido jamás, ni siquiera de pequeña. Me he despertado sin dolores y con la serenidad aún aferrada a mis huesos. Espero que me dure todo el fin de semana. O si no, lo suficiente como para decidir desde aquí cuál es mi próximo paso a dar. Quiero hacer todos los pendientes de «cuando tenga tiempo» quiero priorizarme, delegar, quiero ser madre, si, pero una madre saludable, acompañada de esta paz interior que me invade.
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Carta de mi yo de 2030
Hoy me he levantado tarde. Hacía tiempo que no dedicaba tanto rato a dormir y ahora, a un mes de cumplir los sesenta, lo he conseguido.
Mi «enano» ya tiene 17 años y ha decidido hacer un grado en educación infantil. Dice que quiere ayudar a los niños que, como él, decidieron que era mejor volar que caminar y ahí está, haciendo prácticas en un colegio donde estoy segura de que lo escogieron por alto, por guapo y por su eterna sonrisa, esa que ilumina esta casa ya de por sí luminosa cuando entra por la puerta y grita: «holaaa!» Tiene una medio novia, aunque cuando le pregunto hace como su tío, me mira, pestañea, y pasa de responderme.
Mi hija sigue viviendo conmigo. Ya trabaja de tramitadora porque, como auguré hace cuatro años, aprobó y sacó su plaza por segunda vez. Se quedó conmigo cuando su padre, el simio de espalda plateada como le llaman mis hijos, decidió marcharse. Quedamos en no vender la vivienda y él se fue a vivir muy cerquita a donde fue la casa de su madre. Mi hija a veces, al salir del trabajo, para en su casa y comen juntos. A veces no come con ninguno de los dos porque queda con amigas que ha ido haciendo en esa enorme Ciudad de la Justicia. El enano lo lleva peor pero yo le digo siempre que si por algo no nos hemos ido de aquí es por todo el amor que les tenemos su padre y yo. Mi hijo me mira un poco suspicaz y en silencio pero eso es muy propio de su edad. Como decía la canción «volver a los 17, después de vivir un siglo, es como descifrar signos sin ser sabio competente». Eso me pasa cuando hablo con él. No sé descifrar aún sus signos.
Me compré un coche pequeño para poder seguir visitando la casa del sur y, ahora, lo cargo de maletas, hijos y amigas y nos pasamos el fin de semana no haciendo otra cosa que ir a la playa y comer fuera. Es muy raro, pero así llegó la tan ansiada independencia que anhelaba. A las malas. Pero la lección está bien aprendida!
Tengo un buen grupo de amigas, de esas que, cuando el simio de espalda plateada abandonó Avatar, estuvieron recogiendo los pedazos de un puzzle que cayó al suelo donde se perdieron algunas piezas. Ya el puzzle no es el mismo, pero hace su función mientras yo, poco a poco, voy creando nuevas piezas que rellenen los huecos que faltan. He de reconocer que, desde que Avatar no tiene a quien se creía líder, yo duermo y vivo mejor. Es curioso! Pensaba que no podría levantar el morro del Boing 747 en el que se convirtió mi vida aquella mañana en que decidió marcharse, pero sí lo hice y ahora, si volviera, no le daría los mandos del avión nunca más. Ahora vive solo, se pidió una señora que viniera a limpiar cada semana, invita a sus amigos, pasan el rato tocando las narices a los vecinos con sus carcajadas, y recibe la visita de sus hijos que le avisan en ese código tan particular que crearon entre ellos. Tiene todo el tiempo del mundo porque se jubiló en cuanto cumplió 60, y, ahí, miró a su alrededor, y descubrió que yo ya no estaba en su vida y, para mi sorpresa, resulta que él tampoco en la mía.
En un instante se me acabaron las ansiedades, las rumiaciones, empecé a disfrutar del sueño y también de viajar con mis hijos con ojos de niños chicos, explorando todo con curiosidad y respeto. No sabe una la cantidad de maravillas que existen por ahí hasta que no da con ellas!
Este año planeamos hacer el Camino de Santiago, antes de que yo sea demasiado mayor para cargar con una mochila, aunque el gimnasio está aportando su grano de arena en este esqueleto que me sostiene. Cumplo los 60 en julio, así que llegaremos a Santiago en todo el apogeo de la ciudad. Esa ciudad maravillosa con la que me quiero reencontrar y abrazar al Santo, a ese a quien con trece años abracé como más tarde hice con mis hijos y le pedí por favor regresar. «Te lo concedo» me dijo y yo, he decidido salir a su encuentro.
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Soy merecedora de todo lo bueno
Estamos en la recta final de exámenes en el cole del chiquillo y todo se ha convertido en un concurso de estos en los que tienes que saltar mucho y agacharte para no caer al barro. Se juntan días de asuntos del colegio con dos semanas repletas de asignaturas a aprobar, con visita Papal, lo cual reduce hasta el infinito esas dos semanas. No habrá colegio porque no se podrá salir de nuestra casa ya que los actos del Jefe del Estado Vaticano, culminarán a dos pasos de donde vivo. Vamos! Que mi pequeño barrio va a reventar con tanta gente.
Esta semana empezamos, permítanme que me incluya porque aquí su madre ha echado el hígado, con matemáticas, francés y geografía e historia. En la víspera de este último, el niño y yo nos dejamos la piel, sin yo entender aún que mi hijo está hecho de un entramado complejo y delicado que, ante el menor sobreesfuerzo cae y no lo hace en forma de cansancio sino de migraña. Esa madrugada primero me desperté yo como presagio de mal augurio. Luego me tocó él el hombro quejándose de un fuerte dolor de cabeza. Salí corriendo a buscar la medicina y, tras un rato de ponerle frío, besarlo en la frente, arrepentirme de haberlo exprimido como un limón, se soltó de mi abrazo y abrazó la taza del retrete para vomitar. Luego limpié el desaguisado, me arrastré a la cama, y volví a abrazarlo como un náufrago a su tabla. Para que ese pequeño me salvara a mí, para transmitirle que todo estaba bien y que le dieran mucho al examen. Al día siguiente informé de la noche toledana al colegio y cuando volvió a casa me dijo que le habían dividido el examen. El lunes lo terminará. Y si suspende no pasará absolutamente nada porque aquí lo único importante es su bienestar y donde ponemos el foco aquí en Avatar.
Luego me fui a un taller creado por el gabinete a donde acudo a terapia que, básicamente, consistía en presentarte unos productos para la piel, veganos, y a los que yo no tenía el placer. Iniciamos el taller con una meditación guiada y nos pedía mi terapeuta que nos reencontráramos con nuestro yo del pasado, un yo «de cualquier edad» nos dijo. Yo salí pitando a abrazar a mi yo de cuatro años, a abrazarla como nadie había hecho hasta entonces, a besarla como tampoco había sido besada, a decirle lo guapa, lo lista, lo tranquila que podía estar porque resultaba que ella era yo y que iba a conseguir un montón de cosas bonitas y buenas. Luego me despedí de ella, me giré, no sin antes decirle que era una persona maravillosa, y abrí los ojos. La chica junto a mí lloraba y no me resultó extraño porque en ese instante caí en la cuenta que jamás se puede volver atrás, y eso, aunque es propio de la vida misma, es un asco.
Salí de allí en flotabilidad, llamé a mi hermana a la que le dí las felicitaciones porque mi sobrina ha sacado unas notas dignas de lo que se curra sus estudios, y después de ponernos un poco al día de lo divino y de lo humano, entré a comprar tres paquetes de café molido, no de fábrica, no, molido delante de tus barbas, por el que pagas un precio razonable por un producto que te entregan en unos envases maravillosos y me fui a mi casa sintiéndome merecedora de ese capricho. Entonces recordé que mi hermana y yo hablamos de un taller que iba a dar una figura top del panorama de la psiquiatría, y ella, cuando me dijo el precio, me oyó decir que qué caro. Si tenemos en cuenta que pagó más por ver a un grupo coreano que le encanta a su hija, pagar ese dinero porque ella considera que se lo merece y que es bueno para su bienesta el qué caro debí sustituirlo por un «cómpralo que te lo mereces!»Nada es caro si te da gustito, si te da felicidad, si consideras que te lo ganaste y ya te digo yo que aguantar a compañeros (algunos) y jefes por un sueldo te hace merecedora de todo lo bueno. Con moderación, claro está, porque el sueldo es finito, pero creo que se me pilla lo que quiero decir.
Al llegar a casa abracé a mis hijos, me disculpé porque con la vorágine de la semana me equivoqué en la hora de su terapia, y me preparé mi cena. Al levantar la vista, vi a mi aún marido mirándome con cara de que algo dentro de él se estaba resquebrajando a pesar de su pose de tío duro y borde que lleva enseñando hace meses. Alcé mis cejas, le pregunté que si se le ofrecía algo, ante su negativa hice una broma, y me tomé la cena sin volver a acordarme de su persona. No quería recordar que ante actitudes de mierda de otros, tu autoestima se va a tomar vientos y yo la necesitaba cerquita de mi. Disfrutar del yo me lo merezco todo porque sí, porque soy válida, porque he conseguido un montón de cosas y aunque no fuese así, aunque fuese una ameba, seguiría mereciendo todo lo bueno.
Le dije al peque que se duchara, que estaba muy cansada y que me iba a la cama. Cuando me deslizaba al mundo de los sueños llegó él y se abrazó a mi. Yo lo acogí como a una de mis personas favoritas y no como una tabla de salvar nada. Y, abrazados los dos nos fuimos juntos a Nunca Jamás.
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El triunfo del amor
Hoy es el cumpleaños de mi hija. 21 añazos ya! Qué rápido pasa el tiempo! Aún recuerdo que andaba viendo CSI Miami y empecé a notar una molestia un poco extraña. La molestia se empezó a repetir cada quince minutos y, cuando llegó su padre le dije que avisara en el trabajo que no iría al día siguiente. Sabía que estaba de parto.
Supe igualmente que algo no iba bien cuando me la pusieron encima al nacer y ella se arqueó para no vivir aquel momento piel con piel o como cuando, ya en casa, comenzamos a convivir ella y yo. Por aquel entonces su padre sólo pudo coger un mes entre permiso y vacaciones y, cuando nos quedamos solas, no pude sino sentir una pena inmensa porque no conseguía vivir la maternidad que había leído en tantos libros.
Después vino el momento de decírselo a su padre que me pidió que dejara de buscarle tres pies al gato. Luego, ya en la guardería, preguntar a su profesora si no notaba algo extraño a lo que solo le faltó contestar que a mi. Más tarde a la familia, que me indicaron que, efectivamente, yo era el problema. Que algo hacía mal y yo solo quería saber qué debía hacer distinto para corregir mi error. Hubiera cogido un bidón de gasolina y me hubiera prendido fuego si con ello se solucionaba el problema.
Un día noté que se había apagado su mirada y entonces grité y le pedí que volviera mientras ella se alejaba a no sé dónde y yo rompí a llorar. Así me encontró su padre. Un médico, una baja y muchas pastillas después decidí ir en su busca. Primero con ayuda de sus terapeutas. Luego comencé a volar sola, oteando el cielo y la Tierra, gritando su nombre, esperando que al oírme me contestara «qué» como así ocurrió al final. Entonces le pedí que sujetara mi mano, que no se separara ni me dejara fuera de su vida nunca más.
Mientras caminábamos juntas, descubrió que era autista y me pidió que le explicara qué significaba eso, descubrió que no sería hija única, comenzó a querer hacer los deberes sola, a caminar delante de mí simbreando su cuerpo a golpe de terapias. Descubrió también que yo me partía los cuernos estudiando para entenderla, para ayudarla, y me pidió que dejara de hacerlo porque yo ya lo hacía todo bien..
Han pasado 21 años y ahora ella es toda una mujer, alguien hermoso por fuera y por dentro, una mujer trabajadora que en dos años consiguió su plaza, una mujer, en definitiva digna de admirar aunque ella, a sus 21, no se considere admirable.
Me alegro de haberla encontrado, de haberla traído de vuelta, de conseguir que fije su mirada en la mía, de parecerle la mejor madre del mundo aunque yo solo haya hecho lo que he podido. Me alegro de haberla traído a este mundo inhóspito que no se la merece, pero en el que ella se ha ganado su derecho a estar, su derecho a ser, con todo su esfuerzo, con todo un trabajo…y qué trabajo! Creo que en toda esta historia ha triunfado el amor que nos tenemos y, por eso solo todo ha merecido la pena. Felicidades mi niña linda! Te quiero con todo mi corazón! 💕
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Los consejos
¿Cuál es el consejo más profundo que te han dado? ¿Lo seguiste?
Me han dado tres consejos importantes dos de las personas a las que yo más quiero y, por supuesto, precisamente por eso, los he seguido los tres. El primer consejo vino de mi tía más querida. Por aquellos años, yo era soltera, pasaba una temporada vital con mi madre, que duró unos meses, trabajaba en un restaurante de comida rápida y tenía una depresión tremenda. En ese restaurante había un día, los martes creo, que venía el camión de mercancía y estábamos descargando aquella máquina hasta las dos de la mañana. Primer día que me quedo hasta esa hora y, al salir e ir a la estación de tren, me informan para mi horror que el primero hasta la playa sale sobre las seis de la mañana. Mi alma abandona mi cuerpo y grita despavorida por toda la estación. Salgo, y me dirijo sin rumbo fijo por la calle en la que trabajaba, mirando las marquesinas de las guaguas mirando alguna que fuera a mi destino. Tengo la suerte de cruz. Veo llegar a una patrulla de la policía nacional y paro el vehículo con un gesto. Me dicen que suba y me llevan hasta la Plaza de Catalunya y allí me dicen que pregunte. La gente acaba de verme bajar de un coche patrulla y a esas horas. Mal rollo lo de preguntar. Todo el mundo pasa de mi cuerpo serrano. Se para una guagua y el chófer me dice que él no, pero que va a llevarme hasta la parada que sí. Me deja en un descampado sin luz de esos en donde muere la primera de las chicas tontas de las pelis de terror de cuarta y con un tío con mala pinta. Veo llegar la guagua y nos subimos el chico y yo. Resulta que no tiene mala pinta, es solo que está reventado del curro porque en ese descampado solo hay almacenes. La última parada era en el pueblo situado a kilómetros de la playa, ergo de mi madre, ergo vete buscando un banco donde dormir en febrero, con un frío pelón, con un abrigo rojo que era la única alegría de aquella situación. Me había quedado sin dinero, no tenía móvil, no existían o eran solo para ricos, y no podía llamar para que vinieran a buscarme porque habían cabinas pero funcionaban con monedas. Una pareja me dio el dinero para hacer la llamada y vino mi madre en su coche cochambroso, regalo de un vecino que le daba autonomía de su segundo marido. Cuando conté mi aventura por la mañana, mi tía me dijo: «siempre debes llevar dinero por si una emergencia, un mapa por si te pierdes y las llaves de casa por si te quedas tirada, y mirando al marido de mi madre siguió, «que siempre hay algún cabrón o cabrona que te puede dejar tirada en medio de ningún sitio». Capté el mensaje.
Su segundo consejo vino cuando preparé mis primeras oposiciones en una academia que resultó ser un chasco. Presenté mi solicitud para el examen y me olvidé porque creía que la academia iría avisando de si habían salido las listas de admitidos, fechas de exámenes etc. Nop. Cuando fui a mirarme, había sido excluida sin posibilidad de reclamación sino por la vía contenciosa. Mi aún novio y yo tuvimos una bronca monumental porque él decía cosas muy desagradables sobre mí, yo me defendía, pero en realidad pensaba que todo eso que él decía era verdad. Ese fue el eje sobre el que giraba nuestra relación hasta que le expliqué mis límites. Y uy! Qué sorpresa! Ha dejado de hablarme! Qué pena y qué horror!
Cuando se lo conté a mi tía me dijo: «de las cosas importantes no delegues en nadie. Si algo te interesa, tú y solo tú te debes encargar de todo». Y así hice. No he vuelto a delegar en nadie. Malo también ser muy radical que, con mi madre en el hospital, presenté una documentación de forma errónea y me ayudó una amiga porque me fue imposible hacerlo a mi. Y sí, existe gente buena y válida que te echa una mano y te acompaña. Solo tienes que salir de la desconfianza.
El tercer consejo llegó después del diagnóstico del pequeño. Que el neuropediatra nos dijera que todo se debía a la genética, señalando a mi aún marido o a mi, mientras yo colocaba las piezas que me faltaban en nuestro puzzle vital y todo me cuadraba, decidí que me divorciaba. Tanta perfección, tanto poner el dedo en que su familia es santa y la mia pues ya ves, todavía vivir el luto por el suicidio de mi tío, me hizo alejarme de él como de una peste.
Salí a pasear con mi madre y ella me pidió que pensara si lo dejaba todo por las razones correctas o porque yo quería dejar Avatar y dejarlos a todos en su planeta y largarme a vivir mi vida. Que Avatar tenía sus desventajas pero, que si lo miraba de bien cerquita y veía todo lo bueno, no iba a querer marcharme. Lloramos mucho y elegí estar presente en la vida de mis hijos de una manera más resiliente. Y aquí seguimos!
Es curioso pero, este último consejo decidí aplicarlo al trabajo y mirarlo desde más cerca. Ver todo lo bueno, que lo tiene y ayer, en voz alta dije: «somos un equipo que no tiene a ningún gilipollas entre sus filas!». Entonces una compañera me miró y me dijo: «Bueno, bueno, aún no hemos hablado de tí!» Y todas nos reímos a carcajadas. He estado sumida en la queja y hacer eso no es bueno para ninguna convivencia. Uno debe mirar todo desde bien cerquita y, como dijo mi madre sabia, mirar todo lo bueno incluso, de lo que no lo parece a simple vista!