• El bro

    El bro

    Ayer, comiendo a solas con el niño, comencé a preguntarle que cómo iba viendo el curso, qué compañeros tenía etc. Levantó la cabeza de su pizza  para contestarme y me soltó que su «bro» había dejado el colegio y se había trasladado a otro mucho más lejos. Lo de mucho más lejos es porque el espacio-tiempo en su cabeza es la X en cualquier ecuación.  Un problema. Me metí en Google, puse el nombre del instituto, y descubrí que está como a cuatro calles de separación, que es público y que tiene transporte escolar. Mentí diciendo que me alegraba por su «bro» porque era su único amigo en el cole y el me replicó que «ya no se metía en líos como antes» y que si yo estaba orgullosa. Lo miré a los ojos y le dije que siempre he estado muy orgullosa, aunque reciba más llamadas que una ministra cuando él resbala fuera del plato, sobre todo de la mano de su colega, que lo acompañaba además a las clases de NEAE porque a saber qué demonios pasaba en aquella cabeza teñida de rubio autorizada por unos padres con cuatro hijos más y a los que conocí en el único cumpleaños al que fuimos invitados. Yo creo que luego decidieron no volver a invitar a nadie del colegio porque fui la única que llevó un regalo al crío que, además lo agradeció entusiasmado. Mi hijo cree que  está ahora a un mundo de distancia de su amigo y, si miramos en su interior, es muy probable que hallemos que es cierto. También me contó que estudiar Física y Química se le está haciendo bola, y yo le expliqué que, en mi juventud, esa asignatura me pareció lo peor y que conseguí sacar el bachillerato por la caridad de mi profesor. Nunca saqué un cinco porque mi mente no sabía cómo usar las fórmulas que me aprendía, en unos ejercicios que siempre hacía mal, en un aula donde mantenía la máxima atención.

    Luego pasamos a la explicación del cambio de hora. Por más que intentó imaginarlo, su mente cuadriculada era incapaz de procesar los datos que le daba, un poco como yo con lo de la asignatura. Me dijo que no entendía qué le estaba diciendo y le repliqué que lo vería mejor al día siguiente y así fue, y para probar que lo había entendido, me trajo el reloj del salón para que le cambiara la hora. Mientras lo hacía señalaba mentalmente las personas de este planeta que lo iban a ayudar con la asignatura.

    Se ha levantado entusiasmado porque hoy, para celebrar la vida y que aún respiramos y tal, vamos a ir al hotel más alto de la capital a lo que vamos a llamar, una comida con vistas. Su padre y yo hemos estado pero cuando fuimos con los chicos andaba cerrado por reformas. Espero que no digan algo así como que en el planeta Tierra a cualquier chorrada la llaman lujo y que ellos quieren comer mucho y que luego, si eso, las vistas.

    Anoche, antes de dormir, comprobé los correos del colegio rezando para que todo estuviera bajo control. Leo que el lunes habrá una merienda y su profesor, que no entiende de autismo, acabó el correo con la frase: «ya todos saben lo que tienen que traer» que digo yo si le costará mucho indicar el nombre de mi hijo y lo que debe llevar. El enano estaba abrazado en posición salida al mundo de los sueños cuando me oyó preguntarle por lo que debía llevar. Fuimos a comprar por la mañana y no lo había dicho, le dije. «Una caja de chocolatinas» me contestó. Menos mal que tengo un supermercado que abre todos los días por aquí cerca. Salgo corriendo a apuntarlo en la pizarra y vuelvo a enredarme entre abrazos y sábanas. Lo último que veo antes de dormir es una cabeza rubia agitando una mano feliz. «Hasta siempre bro! Muchísima suerte!» Le digo. Y entonces me dirijo a buscar a mi retoño para saltar juntos al mundo de los sueños.

  • El dolor de la ausencia

    A esta semana que dejo atrás la he exprimido como un limón. No he tenido un rato de estar conmigo misma y mis pensamientos y eso que lo he intentado con todas mis fuerzas pero no ha habido manera. Cuatro de estos días he ido al gimnasio, y, a veces, he salido de un sitio con la ropa del gym puesta para llegar corriendo cual Cenicienta fitnes casi en punto a la clase dirigida.

    Para arreglar mis emociones, voy a terapia y, ahora he añadido el arteterapia a la ecuación y, pareciendo la palabra, quizás, algo tonta, no lo es en absoluto. El martes, como principio de actividad, comenzamos (bueno, yo solo lo intenté) con unos movimientos que pretendían ser un color, un sentirlo y  expresarlo. Antes de acabar, yo estaba pensando en coger la puerta. Según mi terapeuta, esa chica joven y sabia, a veces este tipo de cosas para gente con tanto oculto dentro como yo y hacer esto puede ser una actividad de riesgo. Lo cierto es que, crear algo con mi imaginación y mis manos, me acerca y recuerda a mi tía y, ahora mismo, eso me provoca un dolor de duelo, uno que casi consigue que salga despavorida de allí sin mirar atrás. Nadie puede tomarme como una garantía porque hay cicatrices dentro de mí que, al tocarlas, consiguen que todo el dolor vuelva. La situación de esta muerte en vida en la que está atrapada, me provoca una angustia casi insoportable. Me gustaría rescatarla como hice una vez con mi hija, pero si gasto la poca energía que tengo en eso, no podría sacar a mi hijo adelante. Él es un adolescente y ella pasa de los 60. Y no es mi hija, aunque la quiera como si lo fuera. Qué curioso! Nunca sabes hasta qué punto alguien es importante para tí hasta que se va, aunque ella aún viva atrapada en una mente llena de monstruos. Qué injusto! Si viviera lo que merece, estaría ahora en un spa atiborrándose de zumos y creando vasijas de barro o pintando algún cuadro maravilloso y ahora solo ve la tele y mira sin ver culebrones. Qué mala suerte!

    Hoy voy a dedicarme a pintar esos dibujos que hay de puntos y que, muy mal lo tienes que hacer para que no veas qué dibujo es. Y así conectaré con ella, con el dolor de su ausencia, y, mientras transite ese duelo, pondré música, encenderé una vela y viajaré a esa parte de la infancia en la que fui feliz, cuando observaba a mi tía crear magia con sus manos!

    Por lo pronto, hoy en Avatar ha habido un motín y han decidido ocupar mi mañana entre compras y cafeterías donde tomar el segundo desayuno. Por eso esta entrada sale ahora y no a la hora habitual pero es que mi vida gira en torno a los que quiero porque ya ésta se encarga luego de arrebatarlos de entre tus manos y llevarlos a un lugar oscuro, frío y solitario. Por eso he cerrado mis ojos y me he dejado llevar con ellos, como una Wendy saltando desde la ventana de su cuarto tras Peter Pan en un viaje hasta el país de Nunca Jamás para ver si así, haciendo feliz a otros consigo olvidar la tristeza que me cubre como un manto.

  • Tener hijos versus no

    Hoy he recibido un correo en el que me explicaban que, en un club de lecturas de una librería a la que no he ido nunca, iban a debatir un libro del que no recuerdo el nombre, con su autor al que no conozco, pero al que me gustaría conocer y debatir su libro cual adulta funcional. Rogaban también a los que no fueran a asistir, para que se dieran de baja y así dejar paso a quien esté interesado. El correo me llegó porque me apunté una vez y no asistí por causas siempre ajenas a mi voluntad. En este caso concreto, sí recuerdo el motivo de mi ausencia. El niño.  Quería venir a la casa del sur y yo, como buena hada madrina, le otorgué su deseo, y me quedé sin ver a adultos a los que, como yo, la lectura es algo más que leer la etiqueta de un producto. Pensé que, si no hubiera tenido hijos, ahora mismo ya hubiera dejado al padre y que podría hacer lo que me diera la gana, como lo del club de lectura,  y no salir, por ejemplo, del trabajo, como si me persiguiera un depredador para ir a buscar al crío al colegio. Ese pensamiento estuvo acompañándome como medio segundo porque, si algo sé después de tantos años, es que, tener hijos, es ampliar tu mirada como no lo harías sin ellos. Por ejemplo. Ayer salimos a comer, por fin, al sitio habitual de mi madre en sus vacaciones, y, cuando fueron a retirarnos los platos, lo hizo un chaval que tenía un retraso cognitivo evidente lo que no le impedía ser eficiente en lo suyo. En otra vida, no me hubiera percatado. Ni siquiera iría allí sino a algún sitio que no requiriera coger coche, o sí, porque tendría uno resultado de no dejarme hasta el hígado en pagar terapias, médicos, vacunas…con la salvedad de que mi vida, sin duda alguna, tendría menos colores.

    Por la mañana, recibimos la visita de mi hija que vino a traerme unas sábanas que se me habían olvidado  y que quería dejar aquí. Lo hizo porque quiso y porque deseaba ir al restaurante favorito de la abuela y eso bien vale un viaje en guagua. Después de comer nos dijo adiós y volvió a casa porque está enfadada con su padre por algo en lo que ha tenido que ver nuestra no relación actual. Eso, y que su padre está medio sordo y, cuando ella le habla solo escucha la mitad. Así que ella se enfada pensando que la ignora. No tiene razón, pero no voy a meterme en ese jardín.

    Por la tarde, con una rinitis espantosa, decidí que, a lo mejor, en la playa, se me pasaba. No. Y allá que fuimos los tres. Me di un baño, me mojé la cabeza a ver si el agua de mar actuaba en mi favor, y me senté a vigilar al chiquillo. Después de la jornada playera, cada vez más enferma, nos fuimos a comprar comida preparada para la cena del enano porque, sin su hermana, en la cuestión cenas queda huérfano de padre y de madre. Me niego a preparar nada cuando he pasado todo el día cuidando que no le falte un deseo.  Su padre se puso de perfil y preparó SU cena. Yo tiré con una ensalada de esas que se venden ya hechas. Mi nivel de mala salud no me permitía otra cosa.

    Acabamos los tres cenando en la terraza, donde no corría nada de aire, los tres en silencio, roto a veces por los ingleses del centro comercial que estaban viendo boxeo. Gritaban a los púgiles como si pudieran oírlos detrás de las pantallas gigantes. Mi hijo intentaba ver las estrellas. Su padre estaba a esas horas de vuelta en Avatar y había dejado allí su holograma para hacernos compañía.

    De pronto nos miramos el niño y yo. A él venir aquí lo pone muy guapo. Me sonreía y yo, para no decirle que estaba ya al borde de la extrema unción, le sonreí de vuelta. «Eres la mejor madre del mundo» me dijo. «Pelota!» Dijo el holograma. Me reí feliz y le di las gracias. Luego le dije que, conocerlo había sido, junto con conocer a su hermana, lo mejor de mi vida. El holograma se removió inquieto pero no replicó.

    Cuando subí a acostarme miré a mi hijo que volvía a su tablet,  una que le he regalado para que pueda hacer los trabajos en el colegio y que a su vez fue un regalo que me hicieron desde la compañía de teléfono. Yo me he quedado con una que tiene poca vida pero soy optimista y estoy convencida de  que durará un añito más. Subí pensando que, seguramente, si no hubiera tenido hijos, esta casa tampoco habría tenido ningún sentido y, mientras subía, la luz de la terraza se puso a parpadear como una loca. Alguien por ahí me estaba dando la razón.

  • Mi yo del pasado

    ¿Qué has hecho que tu yo del pasado estaría orgulloso de ver?

    Esta pregunta no la pude dejar pasar porque, siendo honesta, si mi yo del pasado me viera, se caería de culo, porque mi yo actual es el producto de sus batallas, de sus miedos, de sus sacrificios.

    Ahora que tengo un móvil nuevo, desde el que compro en alguna app ropa, cordones que se atan fácil para el chiquillo, aspiradoras mini para limpiar con facilidad los carriles de mis ventanas, recuerdo a aquella pobre jovencita que se veía reuniendo en una hucha para otro par de zapatos porque hubo veces que el agua de la lluvia entró por algún agujero de la suela y mojó sus pies.

    Ahora que duermo en un colchón viscolástico, comprado por teléfono a una señora que los vendía y que aseguraba, como así fue, que era un producto cien por cien del lugar donde vivo, recuerdo cuando debía hacerlo en sillones cama, o juntando dos sillones pequeños, o en casa de familiares que preferían obviar que los adultos de mi vida me habían echado de la suya. Que se iba a dormir llorando y que despertaba con incertidumbre.

    Ahora que me muevo en coche y en transporte público, recuerdo las caminatas que se pegaba aquella jovencita, flaca como una sardina, para acudir a clases o a una cita porque tenía contados los diez viajes del bono de guagua que podía permitirse al mes. Estas piernas que me sujetan, han hecho muchos dignos kilómetros para que yo pudiera avanzar.

    Cuando hoy día me veo levantando pesas en el gimnasio, o saltando como un protón en zumba, o haciendo arteterapia para recolocar mis pensamientos que siempre me hacen creer que no soy válida, recuerdo a aquella pobre muchacha, enferma de cortisol, que vivía creyendo que cualquier día sería el último de su vida, que no se cuidaba nada porque le habían hecho creer que no lo merecía, como si todo lo que hiciese no iba a dar un resultado maravilloso, y entonces salto más fuerte, canto más alto las canciones que me ponen y mi sonrisa se amplía a medida que me voy acercando al techo.

    Ahora que tengo hijos, y que ellos me dicen que soy una madre maravillosa, recuerdo cómo mi yo de niña se tapaba con las sábanas hasta la cabeza y, debajo de estas me repetía a mí misma que nunca, jamás, en la vida, trataría a mis retoños como me trataban a mi. Luego llegó el giro de guión en el que, además de ser dos chicos estupendos, debí aprender cómo debía tratarlos, qué necesitaban, cómo podía conseguir que su vida fuera feliz a pesar de no entender a este mundo que les rodea y aún así, aquí estamos, viviendo en un Avatar en el que ellos son la mar de felices.

    Anoche, aquí en la terraza de la casa del sur, mi hijo comenzó a hablarnos de música, de la que oye en el coche para ser más concretos y, en un momento de la conversación con su padre le dijo: «el CD seis tiene música muy bonita y no sé porqué tú siempre te lo saltas.» Resulta que ese CD es mío, y quien canta es Ana Belén. Y ya solo por ese motivo, en el coche se oye otra música distinta. Cuando supo que era mío y que, además, era comprado, flipó bastante y, aún más, cuando le aclaré que el de Michael Jackson también lo había adquirido yo. Entonces me miró como si yo fuese una lideresa de Avatar y me dijo que tenía muy buen gusto musical. Giré mi cabeza hacia el jardín y me vi de joven, entrando a discotecas que permitían la entrada gratuita a mujeres, que bailaba en el centro de la pista, que no bebía o si lo hacía era porque ese día había pagado para entrar, un dispendio,  que le importaba cero el mundo a su alrededor y que lo único que quería era mover su cuerpo para espantar a sus pesadillas, anécdota esta que nunca suelo contar a nadie.  Miré al chiquillo y le respondí: «si. Tengo buen oído para la buena música aunque a tu padre le parezca mejor hacer como que no.» Le dí un beso en la frente, uno por el que hubiera matado de niña y le dí las buenas noches. Entré colocando mi esqueleto, resentido por estar tanto rato sentado y, junto a mí iba mi yo joven,mirando asombrada el resultado de todos sus sacrificios.

  • Los límites

    ¿Qué es eso que sabes ahora y que le habría ahorrado mucho sufrimiento a tu yo más joven?

    Hoy me he levantado con migraña, producto de una discusión con mi marido. Una discusión absurda pero que pone el foco en que, por mucho que lo intente, por mucho que ponga de mi parte nada es suficiente. He hecho todo lo posible por ceder, adaptarme, pero nunca ceder es suficiente y pasamos de negociar días para estar los dos juntos, a decirme que tengo sobrepeso e indicarme qué debo cenar. Mi cabreo ha sido tan monumental que he acabado pagándolo con salud. Si yo pudiera viajar en el tiempo, hasta mi juventud, le pediría por favor que aprendiera a poner unos límites seguros y que no deje que la gente que ella cree que la quiere, como su novio, avance en su terreno hasta límites como los de su peso. Porque sí, me dejé hace unos días subir en una báscula porque él quería demostrarme que yo iba por mal camino y, en vez de dejar las cosas así y permitirme buscar una solución, decidió pasar al peldaño siguiente. Controlar qué debo comer. Como le paré los pies, me hizo un gesto de desprecio, y cuando le dije que no volviera a repetirlo porque se iba a arrepentir, lo hizo de nuevo.

    Entonces sentí que caía en un pozo profundo y en ello seguía al llegar a casa  mientras intentaba aferrarme a algún sitio para evitar seguir cayendo.

    Anoche vinieron mis espíritus a visitarme. Primero mi madre y su marido y luego mi tío. Él ya es la segunda noche que lo hace. Me han recordado las cosas que pasamos juntos y el montón de veces que sacamos la cabeza de hoyos más profundos que este. También me han recordado lo fuerte que soy. A mi tío lo he despedido con un abrazo. Entonces dejé de caer y me quedé flotando en ninguna parte. Abrí los ojos y me encontré con los de mi hijo. Me abrazó y noté que ascendía un poco. Me volví a dormir, y al despertar me encontré con la cara de mi hija. Y seguí ascendiendo. Luego he mirado hacia abajo y he visto qué me impide seguir subiendo. He visto la mano de mi marido sujetando mi tobillo. Lo he mirado con pena, me he soltado de él, y he seguido subiendo, poco a poco. Despacio. Sin prisas.

  • Una Jornada creativa

    Una Jornada creativa

    Estamos de vuelta en la casa del sur pero, esta vez, marido mediante, y ahora mismo me encuentro fuera, en la terraza, escuchando al canario trinar desde algún punto del árbol, huelo a barbacoa recién encendida, que debe provenir de algún restaurante que abre desde bien temprano y cierra a las mil sirviendo jarras de cervezas y comidas rápidas a granel, salvando alguna excepción del extranjero que viene aquí a disfrutar de una gastronomía del país que lo acoge mientras se encuentra de vacaciones, que son los auténticos disfrutones. Los que saben.

    Dentro de casa se produce el primer desacuerdo. Ayer habían quedado en ir a la churrería que solo hace honor a su nombre los sábados. Ni un domingo ni día entre semana. Si quieres churros te lo haces en casa que aquí el negocio está, de nuevo, en el que viene de fuera. Total, que hoy su padre ha decidido no ir con la excusa de haber desayunado, para quedarse a solas con esta que escribe, y sus hijos le han dicho ricamente que si él no va, ellos tampoco. Ahora hay un silencio dentro de la casa que llega hasta donde yo escribo y me deja sin ganas de moverme para no recordar que existo, en una batalla que sabe de antemano a derrota, y que consiste en querer ser la Sandra que fui, la que pasaba desapercibida, la que por no molestar ni tosía. Pero resulta que no. Que estoy. Que soy. Y ya no hay vuelta atrás de ninguna manera. Y la gente me mira y me ve, y me abraza y me quiere como yo quiero a quienes me abrazan. Y ya no queda más remedio que aceptar a mi nuevo yo, aunque eso sirva para alejarme más de quienes me prefieren callada.

    Me he traído un cuaderno de esos que se pintan con números y que acaban dando un dibujo pinturero y un cuaderno que compré en Córdoba con un precioso dibujo de sus patios, con todas aquellas macetas colgadas y que ellos venden a los de fuera, para escribir un relato, y ahora caigo en que, en ninguno de mis planes, entró la palabra marido. Sé que es consecuencia de andar cuatro meses sin hablarnos lo que, al final, acabé agradeciendo porque cuando abría la boca surgía un desacuerdo y una discusión. Ahora debo ajustar mi sintonía vital a la suya, como el que busca un determinado programa de radio y mueve con lentitud la perilla hasta conseguir que el sonido llegue con nitidez. Tal vez él esté en el mismo punto o tal vez no. Tal vez algún día vuelva a pensar en él y le incluya dentro de mis planes, y le cuente el relato que voy a escribir y le enseñe el dibujo que voy a sacar a base de paciencia y lápices de colores.

    Por lo pronto, ya ha planeado nuestro día que incluye ir al restaurante que adoraba mi madre y a su amada playa, así que viviré la jornada entre contenta y nostálgica por no poder vivirla en su compañía. Pero es que, desde que ella se fue he cambiado y lo he hecho para mejor. Así que, cuando la nostalgia me apriete le diré que coja el camino de vuelta porque quiero disfrutar del día con los que están. Y así será porque lo he decidido. Vivir cada momento de mi vida como si al siguiente me saliese la ficha de salida. A tope!

  • La semana larga

    Esta semana que termina me ha dejado un poco triste, aunque yo creo que es por el esfuerzo que he realizado para superarla.

    Primero, en el curro. A una de mis jefas le pareció bien acumular varios trámites que había realizado, ir a mi mesa, decirme que estaban mal redactados (lo copié íntegro de mis compañeros) y, sin fijarse en la columna de expedientes de mi izquierda y en mi cara de tristeza porque acabábamos mis amigas y yo de posponer el viaje a Asturias de este mes, me dijo que repitiera cinco documentos que solo verían el compañero de turno y ella.  Nadie más. Me puse a llorar y lo hice llorando a mares. Una charla con mis compañeros y varios ánimos después y volví al tajo porque si algo tengo es que a los imbéciles les doy el tiempo justo en mi vida y ya, antes de salir del curro, me había olvidado de la anécdota porque me había puesto manos a la obra con la columna. Eso sí, lo plasmo aquí para recordar que a la gente como ella siempre bien lejos.

    Segundo, el viaje. Decirle adiós a unos días de olvidarme de la maternidad y practicar la palabra amistad ha sido muy duro. Lo hemos pospuesto porque, entre otras, algunas de mis amigas ya son abuelas además de madres y eso es un plus de dificultad cuando quieres volar libre como un jilguero. Llevamos la fecha a abril y cruzamos los dedos para que el karma no nos venga a remover otra vez la vida.

    Tercero, el examen de tramitacion al que se presentó ayer mi hija. Para evitar esperarla nerviosa en casa, me fui al gimnasio y me hice una clase con una amiga y veinte personas más. Cuando llegué a casa, preparé todo para cuando ella saliera solo tuviera que sentarse a comer, y, cuando llegó lo hizo con la misma cara que el año pasado y diciendo que no cree haber superado el supuesto práctico. Veremos a ver, que es mi frase estándar a todas las que me lanza la gente en forma de aviso de catástrofe. «Que viene un terremoto»-«veremos a ver», «me temo que he suspendido»-«veremos a ver». Y con esa frase, cayó de la silla donde comía y salió rodando a su habitación donde se enredó con las sábanas para caer en un sueño profundo. Yo hice lo propio en mi cuarto, porque insuflar energía a alguien que la ha perdido toda en una mañana es muy agotador. Al despertar, creí que más que dormir y despertar había resucitado. Y aún me quedaba la tarde y sus coñas, como hacer la compra del mes en un supermercado atestado de gente, que, dicho sea de paso, deben tener mi misma vida social. Cero absoluto.

    Por último mi matrimonio. El viernes salimos a hablar de nuestra relación y de el porqué de llegar a este punto. Él comenzó diciendo que yo no era agradecida porque él me había animado a ser funcionaria y me había apoyado todos estos años. Yo contraataqué diciendo que, por si lo había olvidado, las oposiciones las había estudiado, pagado y aprobado yo, y que si se le volvía a ocurrir faltarme el respeto él iría a Boston y yo a California. Volvió a repetirme lo de desagradecida, y yo le indiqué, por si no lo sabía, que decirme eso era faltarme el respeto. A mí y a mi esfuerzo. A mí y a mis sacrificios. A mí y a todo lo no vivido con mis seres queridos. A mí y a mi dinero. Y entonces supo que yo he cambiado y, que o acepta a esta nueva mujer, o le pueden ir dando mucho. No indico qué ni cómo. Tras la conversación, donde hemos dejado claro muchas cosas, entre otras, que debemos buscar ratos de intimidad donde podamos volver a conocernos, a enamorarnos de estos nuevos yo, de disfrutar de un tiempo nuevo donde el enano tiene un papel principal y nuestra chica ya encara sus comienzos universitarios. Con todo, intentaremos reconstruir lo derruído y, o nos sale una construcción fuerte, o nos vamos a crear otras por separado.

    Hoy me he levantado, he abierto la ventana y he visto a la gente caminar como zombies hasta la única cafetería que permanece abierta en esta zona los fines de semana y, mientras los observaba he pensado que la vida está llena de momentos corrientes como ese, en el que yo miro a otros mientras ellos y yo desconocemos las batallas vividas para llegar ahí. A esa fotografía. A ese punto vital en el que quieres un café y otra persona observa tu rutina en la distancia.

  • El jardín y el genio

    El jardín y el genio

    Un genio te concede un deseo. ¿Cuál pides?

    Ella estaba en la cocina, de pie, mirando el jardín mientras tomaba el primer café de la mañana. De repente, vio algo brillar junto al jazmín que trepaba por el muro situado al fondo del todo. Al principio solo fue extrañeza pero luego, la curiosidad le pudo y fue a mirar qué diablos era aquello.  Al acercarse, vio como un insecto luminoso volando que resultó ser un pequeño gnomo alado medio enredado entre las ramas de un arbusto. Rió por la sorpresa y oyó: «no te rías y sácame de aquí, por el amor de Dios!» Se puso manos a la obra y, en un rato un tanto angustioso, el gnomo salió volando hacia las nubes para luego volver como una bala y situarse frente a ella. «Gracias! Creí que no la contaba!» Le dijo. «De nada!» Le replicó.

    Tras un rato de silencio, le preguntó él si podía hacer algo por ella como recompensa. «Algo como qué?» Le replicó. «Bueno! Te puedo conceder algún deseo, pero uno solo porque he perdido mucha energía en mi pelea con esa maldita planta!» Ella se le quedó mirando un rato largo y luego le contestó: «Podrías hacer que volviera a ver a mi madre?» Él se quedó en silencio y luego habló: «A ver querida, concedo deseos, no milagros! Tu madre ya no existe entre nosotros pero está en la energía de todas las cosas que te rodean!» «Pues la vida es bastante más gris sin ella! Y yo no noto esa energía de la que hablas! Menuda porquería de genio eres que no puedes conseguir algo tan simple» replicó llorando.

    El genio, al ver sus lágrimas suspiró y dijo: «No puedo hacer que la veas pero sí que sientas esa energía de la que te hablo». Ella lo pensó un momento y contestó: «Vale, me sirve!»

    Entonces el genio se puso muy serio y comenzó a murmurar palabras que eran de otro mundo y, al cabo de un rato, el jardín se convirtió en pura luz. Ella comenzó a elevarse y, cerrando los ojos y poniendo los brazos en cruz, comenzó a sentir todo el amor que había entre aquellas ramas, entre aquellas flores. Le atravesó el pecho como una espada y comenzó a llorar pensando en todo el cariño que su madre se había llevado. Luego notó su perfume y, por último, sintió una voz que le dijo: «Vive! Así me sentirás en todo lo que te ocurra. Secaré tus lágrimas en las penas y te acompañaré en tus alegrías. Pero, por el amor de Dios, vive!!!»

    Cuando todo acabó miró al genio y este le preguntó: «qué? Qué tal te ha ido?». «Bien!» Le respondió. «Muchas gracias por tu magia!». «Bueno, pues si es así me alegro mucho por ti y me voy a un sitio que no tenga tantas ramas donde pueda volver a enredarme, a disfrutar de cada uno de los días de hoy en adelante. Cuando estaba atrapado pensé que moriría atrapado como un insecto en una tela de araña y, al salvarme, me has dado ímpetu para no perderme nada a partir de ya mismo». «Sabes qué?» Le replicó ella «sin tú saberlo has hecho lo mismo por mí, así que no hay nada que agradecer».

    El genio la miró unos segundos en silencio y luego salió volando sin un rumbo fijo, disfrutando de lo que oteaba  desde las nubes. Ella lo miró hasta que desapareció de su vista y luego entró a casa y preparó una mochila. Ella también saldría de viaje sin rumbo fijo y gozaría de todo lo que pudiera ver a ras del suelo. Porque ella y el genio tenían una cosa en común. Querían disfrutar de los años que le quedaran por vivir. Y así sería…

  • Aniversarios

    Aniversarios

    Hoy se cumplen 21 años del asesinato de mi prima a manos de su pareja. Cuando he abierto los ojos, he tenido la sensación extraña acentuada por mil que me ha acompañado toda la semana porque, con dos años de diferencia, y con tres días de distancia, perdí de forma repentina a dos mujeres a las que quería muchísimo, mi abuela y ella. A mi abuela la perdí en un sueño y a ella en una pesadilla. La noticia del fallecimiento de mi abuela me cogió estudiando para las eternas oposiciones que forman parte, incluso, del carácter disciplinado que me he forjado. El de mi prima me encontró en una visita a mi madre para ver si ella notaba lo que yo a mi hija. No. Aún puedo recordar el grito de ella, que veía la televisión mientras se preparaba para un viaje a Madrid de ida y vuelta. Su carrera subiendo las escaleras, abriendo luego la puerta sin llamar del cuarto donde me quedaba. Decirme en una frase lo que había sucedido mientras daba el pecho a mi niña, cosa que, a partir de ahí no pudo ser más porque del disgusto la leche cogió la puerta de salida de mi alma. No quise creer lo que me acababa de decir. Resulta que ella tenía un nombre oficial del que yo no tenía idea, y otro que usábamos toda la familia por obra y gracia de su madre, que no estuvo de acuerdo con que su benjamina se llamase como su cuñada malvada, hermana de mi abuela por cierto, que era la cuñada santa por aguantar a su hermano que era bastante peor que la que se llamaba como su hija. Por eso yo no me quise creer que era ella. Encendí el ordenador de mi madre, busqué la noticia, y apareció la foto de mi prima sonriente en la foto que se sacó para la universidad y ahí ya no hubieron más dudas, ni alegrías, ni nada en absoluto. Mi vida se fue a negro total.

    Años después yo sigo inventando historias como la entrada de » El viaje» en el que yo imagino otra cosa para ella pero, en definitiva, las cosas fueron así y yo me pego esta semana, cada año, con un runrún muy raro que me deja sin muchas ganas de hablar con nadie. Estos días, a diferencia de otros, pasan lentos como una apisonadora, pasándome por arriba y dejándome aplastada como un dibujo de tiza en el suelo.

    Hoy, además del aniversario de estas despedidas, me encuentro diciendo adiós en voz baja a la casa por unos quince días. Tal vez venga a mitad de mes para seguir disfrutando de este hogar que hace que me cambie la tristeza por resignación, el agobio de tener tanto curro y ser tan nueva por una organización en mi cabeza que hará que lleve el trabajo con más tranquilidad, y que hace que tirar del carro yo sola en una familia donde no se me entiende con según qué cosas porque vivir en Avatar no es moco de pavo, se convierta en una carga más liviana.

    Esta semana, además de aniversarios, he dado el paso de decir, por fin, que escribo, a la gente que me rodea y ha sido una historia bonita. Me he alegrado cuando me han dicho que les gusta cómo escribo. Yo soy así. Hay una escena en la película «Pretty woman» en la que ella le dice a Richard Gere que siempre le fue más fácil creer todo lo malo que la gente dijera de ella y a mí me pasa igual. Es bonito oír a la gente decirte cosas buenas, y, para los que no estamos acostumbradas, los halagos suenan como gotas de oro en nuestro espíritu y me dan la fuerza que necesito para decir al resto de mi familia que, parte de el libro «Esto también era quererse» lo escribí yo, y que si no les gusta mi historia tienen siete más para leer. Mi tía sabía lo del libro, pero ahora no tiene salud para disfrutarlo.

    Ahora que lo pienso, es curioso que el libro se llame de esa manera y yo forme parte de él habiendo forjado mi espíritu con mujeres que pagaron con sus vidas esa falta de mimo hacia una misma. Que la vida, años después hiciera, con nuestras historias, un cuadro que está quedando hermoso. Es curioso, si.

  • El viaje

    El viaje

    Llegué ayer a mi casa del sur después de un viaje de más de dos horas en guagua. Durante éste, intenté ir soltando por el camino el trabajo que me quedó pendiente, las compañeras y amigas a las que tuve que decir ‘hasta pronto», algunas dejando a sus espaldas etapas de seis años de trabajo en un mismo sitio, gente a las que aprecias que están pasando por un problema personal bastante jodido…y de repente, siento una voz a mi derecha que me dice: «que hermosa es esta isla!» Me giré a mirarlo y era mi enano sonriendo y mirando el paisaje. Cuando miré yo de vuelta, ví una playa que está cerca de aquí, con tres pequeñas embarcaciones fondeadas no muy lejos de la orilla, el mar cogiendo un color plata producto de la caída del sol, chocando suavemente contra los cayados de la orilla. Entonces, como siempre que me suceden estas cosas, pensé que la vida es esto. Momentos. Fotografías de situaciones que ya no volverán y que debemos aprovechar el máximo posible antes de que caigamos en el recuadro que dice que debemos salir de este juego llamado vida.

    Llegamos oscureciendo, y salimos a comprar lo justo para sobrevivir hasta por la mañana. Al volver, veo que alguien ha talado la buganvilla que está en mi jardín y ha dejado un enorme vacío. Me quedo mirando un rato. Me enfado. Pienso que, total, es una planta que, cuando la podaba yo me cagaba en todo por los pinchos que tiene y se me pasa el cabreo. Ya averiguaré quién fue y, si la planta muere, tomaré medidas respecto del jardín del que supuestamente somos usufructuarios. Pero hoy no. Otro día. Ahora toca cena con los chicos.

    Después de cenar, subo a ducharme para quitarme el resto del mal rollo que aún me queda colgando de la chepa y descubro que no he encendido el termo. Hace calor pero una es del team fresca pero no fría, así que espero mientras me instalo en mi cuarto. Pongo el ventilador y éstte me devuelve al girar un sonido como de gaviota agónica antes de irse de pico contra una montaña. Tampoco importa. Es eso o sudar y sobre eso no hay ni media duda.

    Me ducho y vuelvo a la cama. Me despierta el enano trasteando para irse a dormir. Apago la tele y él se pone junto a mí. Entonces le huelo el pelo que tiene aroma de colonia infantil que su padre le pone por las mañanas como un reducto de lo que queda de su infancia peleando inútilmente ahí, junto a su coronilla. No sé cuánto tardó en dormirse pero yo lo hice dejándome llevar por ese olor y por el sonido de la gaviota agónica. Y así me pilló el sueño y con él me marché a vivir otra aventura distinta de la del día.