• El cumpleaños

    Hoy es el cumpleaños de mi aún marido, y ya comienza su cuenta atrás para la jubilación. Echando la vista atrás, parece que fue ayer cuando nos conocimos, hasta que recuerdo que, para saludarme, a mi que iba vestida de negro, lucía una esplendorosa rapada rebelde, fumaba y lo miraba como a una bacteria peligrosa, producto de haber conocido cero hombres normales a mis dieciocho, me dio la mano. Él no podía adivinar la depresión de caballo que llevaba, ni que unos años después esa misma enfermedad me llevaría a decir que hasta aquí, que ya había tenido suficiente. Tampoco intuyó mis múltiples problemas y era tan ingenuo que pensaba que no entraba a la casa de mi abuela porque no sabíamos si lo nuestro iba en serio. Yo procuraba meter toda la mierda bajo una alfombra imaginaria que dio como resultado que un día, sin yo poderlo remediar, el problema se lo encontró de frente, y ese día, pensé que él no sería lo suficientemente fuerte para sostenerme. Me equivoqué. Aún así, sentía tanta vergüenza, él era tan ingenuo, y yo estaba tan harta de todo que un día le dije que habíamos terminado. Seguimos en contacto por esto de que él pensaba, con toda la razón además, que un día acabaría malamente todo ese drama familiar a la italiana, con gritos, con violencia, pero sobre todo, con seres humanos que vivían al límite de su psique. Lo que no sabía él es que yo, cada noche, como un general, planeaba una estrategia vital a una semana vista. «No te rindas, hay algo más allá de ese horizonte» me decía, pero perdimos el contacto y yo me desconecté de la única persona medianamente normal de mi vida. Entonces llegó el día de «hasta aquí!» y, tras fallar en el intento, hecha un auténtico estropajo, salgo de la Escuela de Turismo y zas! me lo tropiezo, como en las pelis. Le cuento que he decidido irme a vivir con mi madre y veo en su cara una profunda tristeza. Me invita a salir la víspera de mi partida y ahí me pide que le escriba. Me echo a reír y le digo que vale. Siempre me ha gustado escribir.

    Íbamos a entrar en el año 92, en el año de las Olimpiadas, de la enfermedad de mi hermano, de no puedes vivir con tu madre porque ésta repite los mismos patrones dramáticos que tu abuela solo que los de tu abuela ya los tienes aprendidos y no quieres hacer lo mismo con tu madre. Y te vas. Y organizas tu vida de otra manera, y, un día, nos volvimos a ver y ya fuimos inseparables. Él me planteaba dudas vitales y yo se las resolvía con eficacia. Entonces parpadeamos dos veces y nos vimos con dos hijos, una hipoteca, un coche y mucha mucha pelea, pero ahora de otro estilo, la que sirve para convertir a tus hijos en seres humanos autónomos.

    Hoy he acechado al dueño de la dulcería de la esquina y, cuando la he visto abierta, he corrido para comprarle una tarta de cumpleaños sabor polvito uruguayo, su preferida. Cuando la he enseñado, ha pensado que era de queso (odia el queso) lo que da una idea del viraje de nuestra relación, le hemos cantado el cumpleaños feliz, ha abierto el regalo de su madre, que le he adivinado que eran calcetines y calzoncillos, se ha arrastrado hasta la cama que trabajó de noche, y se ha dormido como un bebé.

    Hoy iremos a comer fuera, a un restaurante de pescado que ha elegido él. Como siempre, lo hará sin reservar, porque odia hablar por teléfono y saldremos sobre las doce y media porque odia esperar y las colas. Él es así! y, cuando le decimos que es tan de Avatar como sus hijos, se pone en modo hiperfoco y ya no lo sacas de ahí hasta que le pones la comida delante. Ha sido un tío con suerte a diferencia de mi que siempre he bailado con la otra cara de la moneda.

    Anoche soñé que me decían que había fallecido pero, al entrar a la habitación descubrí que solo dormía. Y pensé en su suerte, en que solo a él podría pasarle esa resurrección, solo él podría sorprenderse al ver mi cara de preocupación. «Te dije que te cuidaría siempre! No puedo dejarte aún!» Me dijo. Y entonces, me desperté.

  • La compañera

    Escribo desde mi cama. Hoy no me apetece hacer nada más que escribir cuáles han sido mis sensaciones aquí en Avatar y poco más. La lavadora y la ropa sucia me gritan que me ponga las pilas pero yo estoy haciendo oídos sordos tan ricamente. Creo que, por lo que oí en un video del Dr. Mau, que, para quien no lo sigue en Instagram, es un médico que trabaja en USA, tengo lo que viene siendo un Bornout producto del trabajo ejercido durante mi jefatura. Ahora queda recomponerse y salir airosa de esto que me pasa. Este cansancio extremo, este no importarme nadie más que los míos, y a ratos! Este olor a carbonilla que desprendo…no sé. Tal vez sea que me hago mayor y ya, pero desde luego, tengo que buscar la fórmula que me haga volver a ser la misma que hace dos meses atrás, y no el guiñapo que escribe entre sábanas, incapaz de poner un pie fuera y hacer una lista de cosas pendientes que, si las pusiera en fila, ya habrían dado la primera vuelta terrestre. Como punto número uno, la declaración de la renta. Socorro!

    Mi trabajo es ahora prácticamente físico. No tienes que pensar, ni que romperte el coco con nada. Los lunes y los miércoles bajamos al archivo de piezas de convicción (básicamente las pruebas de los delitos) y surtimos a Audiencias y penales de lo que se llevan a los juicios. Dinero falso, móviles, prendas íntimas que, según al lugar al que vayan, hago un relato inventado de lo que puede haber sucedido. La segunda vez, venía del Juzgado de Violencia sobre la mujer y se me ocurrió un relato tan pormenorizado, que mis compañeras me miraron con ojos de sospecha. Debo dejar de dar rienda suelta a mi imaginación o debo no compartir todo lo que pienso con gente que no me conoce, como paso previo a no dar pábulo a rumores. Tengo que tener un perfil bajo, pero es que aquellas tres pruebas me lo pusieron a huevo. Lo que debió pasar en aquel delito se contaba con aquellos tres artículos.

    Para colmo, tengo una compañera que es de Avatar. Y no lo digo yo, sino que lo sospecha ella y a mi, que me contó su sentir, me salió el diagnóstico como el relato de las pruebas. Solo. Ella viene de haber trabajado un año en penal y debe ser tan de Avatar que su jefa, sospechando un abuso de su compañera, dividió el trabajo de ambas en dos sin necesidad de oir a la otra parte porque el abuso se podía, incluso, documentar. Eso no suele ocurrir en las torres donde trabajo. A los jefes esas cosas le pasan desapercibidas. No me contó detalles porque se ha quedado tan afectada, que cuando le dije que ese era mi mayor miedo con mi hija, esto es, que venga alguien y se aproveche de su ingenuidad, le cayeron dos lagrimones gordos por su rostro menudito, pero me los puedo imaginar porque la otra es una mosquita muerta nivel pro. Pone hasta voz infantil excepto cuando cree que nadie la oye. Su «no tenía que haber pedido este destino» lo hizo con voz de mujer pasando los 55, y no con la de niña de 7 años que es el que utiliza habitualmente, pero claro! No sabía que yo estaba cerca parapetada entre dos pantallas de ordenador. Se me erizan los pelos de la nuca solo de recordarlo.

    Le he dicho a mi compañera que, mientras estemos juntas, mientras el grupo siga siendo así de numeroso, procure mantener las distancias con la interfecta y se arrime a sombras como la mía, que estoy tratando de hacerme humo y que no se note ni mi presencia ni mis ausencias. Así evitaremos problemas y posteriores conflictos. Sálvese el que pueda de gente que llega a un sitio y dice eso de «yo no quiero problemas, yo solo vengo a trabajar» porque esa gentuza…miente! Y cuando te das cuenta te han aislado y han conseguido que no te hable nadie porque se han dedicado a explicar no se qué y solo te queda mirar a los demás con cara de tonta, porque, encima, somos tan maduros que, ante los problemas elegimos el silencio, con la excusa de que no queremos pasar al lado en el que se encuentra la persona aislada. Por cobardía. Ya le he dicho que me he topado con muchas personas así en mi vida y que a mi el conflicto me pone cachonda, así que, si lo desea, puede ponerse junto a mi y dejarme a la matona de pacotilla esta. Sé que no se van a producir situaciones como las vividas en el penal de donde viene,  básicamente porque para eso tendría que oler a miedo porque este es el arma que utilizan las personas que hacen como Yago, el personaje de Otelo, tirando la piedra y escondiendo la mano.  Y yo no destilo ese aroma! Yo al miedo lo he mirado muchas veces de frente!

  • Recuerdos

    Te hecho de menos. Cuando miro a mi hijo y caigo en la cuenta de que no le viste cumplir ni siquiera el año, siento una tristeza profunda porque tu muerte fue un fracaso médico y del entorno. Cuando alguien toma la decisión que tú tomaste, los que nos quedamos aquí  rumiamos qué pudimos haber hecho diferente, si no contestamos a tus llamadas con la suficiente celeridad, si no te dijimos demasiadas veces lo que te queríamos. Mi madre te recordó hasta el último día de su vida y, cuando partió lo hizo en el temor de no verte al otro lado, porque su educación le hacía creer que tú irías a Boston y ella a California, hasta que yo la tranquilicé diciendo que sí que sí que tuviera la esperanza de que eso ocurriría. Entonces se fue con su alma más ligera al otro lado!

    La depresión, y quien lo ha vivido lo sabe, es como un monstruo gigante pegado a tu espalda, que va alimentándose de tu energía y acabas como lo hiciste tú, arrastrando los pies como un anciano, abrazándome suave como si pudieras romperte, preguntando a tu hermana si no podías enviarle WhatsApp preguntando qué debías hacer en todo momento. La depresión es un asco. Uno de enormes proporciones, tanto, que yo era incapaz de reconocer al hombre con su agudo sentido del humor, fuerte, que parecía capaz de gestionar un imperio, tras cuyas espaldas se escondía tu madre en las movidas con tu padre. Eras la única persona por la que él sentía respeto, pero es que eras culto, hiciste un viaje por casi toda Europa, con tus primos, en una época en la que eso era una audacia, lector impenitente, amante de la música de Nat King Cole, que no podía reírme más cuando te veía imitarlo porque eras un cachondo, o asomabas tu cabeza de algún cuarto y movías las orejas de soplillo que Dios te dio. Te debo todo lo que sé. También te debo haber dado la cara por mi en ocasiones en que debió estar mi padre, y tú que no querías hijos, decidiste que la vida te diera una sobrina coñazo. Eso sí, eso te dio derecho a un hueco en mi corazón hasta que cierre mis ojos. No todo el mundo tiene derecho a ese puesto! Tampoco sé si te importe esto una porra!

    Lo que más rabia me dio de tu marcha es que, cuando fui a despedirme de ti, antes de la incineración, fue ver tu rostro con aquella paz, aquella felicidad, mientras yo me moría por dentro. Antes de abandonar la sala te dije que te veía bien y luego te deseé buen viaje. Luego fui a llorarte tras la mampara, a sostener a mi madre que te adoraba y que no quiso verte muerto.

    Mientras siga con vida, mientras tenga memoria, tú serás mi tío varón favorito y de los hombres más importantes de mi vida con permiso de mi hermano, mi hijo y mi aún marido. Te quiero mucho cariño!

  • El calor y otras coñas

    Hace un calor interesante (ejem) aquí donde estoy. Hay aire caliente, venido directo del Sáhara, un aire malo para la salud, porque más que respirar boqueas cual pez fuera del agua, y que los guiris llevan con una naturalidad que no comprendo. No sé si, buscando huir del frío de sus países les da igual caer en un brasero caliente. No importa. Existe la cerveza y las jarras que se venden en esta zona a granel. De hecho, el éxito de los sitios de por aquí está en el tamaño de la jarra y su precio. La comida no les importa mucho porque, para eso, están criados con fish and chips. Eso te convalida el estómago para casi cualquier cosa. Mientras escribo, además, pasan ante mí insectos voladores cada vez más grandes, a punto del desmayo, con el calor pegado a sus alas, solicitando que, por favor, los remate. La pareja de aves del árbol es la única que es feliz, pero claro, ellos están cobijados entre sus ramas y, por ahí, ahora mismo, me gustaría vivir a mi. Donde estoy sentada, hace, a las 9 de la mañana, casi 30 grados. He regado el jardín y he puesto agua en algunos cacharrillos que mi vecina teutona dejó en él para si quiere beber agua alguna tórtola u otro pobre animal.

    En cuanto a mi muela, sigue sin estar bien. Ayer me levanté sin dolor pero, por la tarde, sin haber cenado, me fui a la cama con él pegado a mi rostro. Hay que tener paciencia, me digo. Mañana, según como me vea, iré al médico a ver qué me dice. Tenemos uno en donde trabajamos, porque, con los seguros privados queriendo quitarse a los funcionarios de arriba, te dan cita para cuando has muerto o así.

    Es increíble como ha sido este fin de semana.  Hoy tienen planeado ir al restaurante a donde siempre iban mi madre y su marido. Hay que ir temprano porque no reservan mesa, no les hace falta. El dueño está podrido de dinero. Su secreto? Poner la carta en los salvamanteles, mesas y sillas de plástico, se sirve y se come en platos de postre y, hasta no hace muchos años, no ponían ni cuchillos, todo con tenedores de postre, una coña que eliminó el tercer marido de mi madre, que, como olía a tío con dinero, a pesar de su pinta de Paco Martínez Soria, y sabía de negocios de restauración un cachito grande, le dio al dueño un par de lecciones de porqué no se debe tratar al cliente como a una oveja. Comer si, pero pastar….Total, que mi familia planeó este finde el miércoles, cuando yo me levanté de la cama vomitando y en proceso de morición. Ellos, si, se asomaban de vez en cuando, me traían frío para ponerme, me decían que cómo podía haberme puesto así tras una extracción, y mientras ellos planeaban ya lo que harían al llegar aquí. Yo trataba de decir que con permiso de mi salud, claro! pero ellos no escuchaban mis ruidos agónicos.

    Ir a la playa es otra cosa a la que venimos casi que, aunque llueva. Ayer estuvo nublado, pero así y todo nos fuimos a la orilla do mar con el enano. Mi hija dijo que ella se negaba a pasar frío, que es muy cachondo porque hacíamos esto mismo con ella, y se quedó en casa. Cuando volvimos me dolía del lado izquierdo de mi cara y me fui a mi habitación donde los oí en la terraza planeando el domingo. Cuando me asomé a la terraza del piso superior pude verlos y oírlos, mientras cenaban, usando ese idioma que casi no entiendo. Mi hijo hablando de arañas, su interés último, porque su padre, cuando viene aquí, se dedica a enseñarle cómo cazan, cómo se comportan, les muestra sus crías, mientras ellas hacen tan pichis sus telas de araña en las esquinas de la entrada. Yo ni hablo ni opino. Yo no pertenezco a ese mundo sesudo y lleno de conversaciones que ni entiendo. Para compensar, cuando terminaron de cenar subieron por turnos mis hijos y se acurrucaron junto a mi,  para decirme que me querían y que les pone muy nerviosos verme enferma. Lo entiendo. Ya han vivido una pérdida importante y saben lo que es. Yo les tranquilizo diciendo que no vivimos en la Edad Media y que, de esto, creo que no parto al más allá. Todo ello, claro está, acompañado de abrazos tranquilizadores y besos aliviadores de incertidumbres. Y así me quedé dormida. Llena del amor de los míos. Tanto, que apareció mi abuela en mis sueños. Y entonces ya alcancé el cenit de la felicidad.

  • Cuando el dolor te arrastra

    Estoy en mi casa del sur. He venido arrastrada por la extracción de la muela que fue bastante peor de lo que pintaba. Lo típico de mi vida! Que es un trámite fácil? No importa! Ya arreglamos una complicación! Le falta a usted un papel que no sabemos dónde puede conseguirlo y que no le habíamos pedido a nadie!  Que es una revisión sin más? No te preocupes guapa! Para tí tenemos rotura de la máquina, muerte de quien tendría que hacerte la prueba, incendio en el hospital…chorradas! Yo creo que la muela llevaba más tiempo rota del que pensaba y ese fue nuestro giro argumental vital. Al día siguiente amanecí vomitando. Y al siguiente. Y, hasta ayer, con dolores. Anoche fue mi primera noche sin dolor porque esta casa vibra alto en rollo positivo. Después de ver en la tele «Viaje al centro de la Tierra» película de los años 50 que me llevó a una infancia llena de pantallas de cines, me río mucho cuando mi aún marido dice que yo no entiendo de cine! No tiene ni idea! Este cuerpo que les escribe ha visto de ciclos pasados en pantalla grande como para llevarme tres premios, porque para mí el séptimo arte  ha sido siempre como la literatura, una forma de evadirme, de vivir de espaldas a los problemas que hacían todo lo posible por llamar mi atención mientras yo ocupaba mi tiempo en vivir historias de familias felices, entristecerme por ver amores reales de pantalla grande como los de Katherine Hepburn con Spencer Tracey, un hombre católico, alcohólico, que solo se permitió ser su marido mientras actuaban, aprender historia con películas, incluso, bélicas, que yo no hago ascos…en fin, que me voy por las ramas, después de mi «dosis» de clásicos, apagué la luz y dormí como un bebé. Tanto y tan bien, que, al despertarme y ver que no me dolía nada, he dado las gracias a Dios, a los que ya no están y que me acompañan entre estas cuatro paredes, y a la vida misma.

    El dentista me recomendó tomar cosas frías y yo, que no soy de tomar azúcar, me vi tomando helados y refrescos, además de agua fresca. Sentía yo que, con el azúcar, conseguía ponerme de pie sin morir, sin ser yo dramática ni nada de eso. El resultado fue que dormí esa noche tres horas. Me desperté un montón de veces, y en una de ellas, yo creo que a consecuencia de un pico de azúcar en sangre, me dio por sentir un duelo con mi muela. La eché de menos y la lloré incluso. Para azuzar el dramatismo, que no decaiga, me acerqué a mi enano para abrazarlo, como quien abraza una tabla para salvarse ante los embates marinos, y, en el proceso me dije que, hasta cuando iba a utilizar a aquel trocito de mí para lamer mis heridas. Mi coherencia se estaba poniendo encima de mí y me daba de bofetadas mientras me explicaba que yo no era «La dama de las camelias» y que ella y yo nos habíamos currado mucho estar donde estábamos para que a mi me diera por ponerme de abrazafarolas. Aún así, conseguí quitármela de encima con una llave y me giré para seguir lamiendo mis heridas y pensé en mi madre. Y lloré, como una Magdalena cualquiera hasta que sentí dos carraspeos. Levanté la mirada y allí estaba. Mi madre. Explicándome que si seguía utilizándola para bálsamo a chorradas, cogía el portante y se iba con viento fresco. «Es que no puede una lamentarse a gusto?» Le dije. «A mis costa no!» Me contestó. Y, tras unos segundos, debí caer dormida.

    Al despertar sobre las cinco y pico de la mañana la glucosa ya tenía unos ratios aceptables y ya me dejaba pensar. Un capítulo de una serie o dos después y sonó el despertador. Entonces hice lo que hago siempre que algo me perturba. Crecerme. Desperté al enano a besos, y de un salto, como una Nadia Comãneci cualquiera, me levanté a preparar las cosas del crío para ir al cole. Aún estaba con dolores y no fui al trabajo, es cierto, pero sí noté que, por fin, yo era más que aquel problema. «Todo pasa y todo queda» dijo Machado y esa frase me ha parecido siempre tan verdad…!

  • Anhelos

    Hoy ha amanecido lluvioso aquí en la capital. Nos íbamos a la casa del sur pero es que, las predicciones meteorológicas decían que llovería por allí también y decidí no ir bajo juramento al enano de volver el fin de semana que viene so pena de acabar suplicando su perdón por no cumplir mi promesa. Para consolarme, miro en las webcam que hay colocadas en las playas de la zona para ver cómo va todo. Me encanta ese lugar! Está todo tan ajardinado, tan tranquilo, que me sienta como un orfidal en mi ánimo. Luego miro la casa por la cámara conectada a la alarma para ver cómo están las cosas allí y así veo cómo  dejé la casa, si la gata  que nos visita cada noche ha vuelto (resulta que el gato negro era gata, según mi vecina, que es la que trajo hasta la urbanización una comuna de gatos muy poco adecuada para la fauna de la zona) porque cuando se sube a la terraza una luz ilumina toda la entrada y hace que la cámara se ponga en alerta y me envía una notificación tras otra diciéndome que alguien ha accedido a la terraza. Patrañas. Hasta ahora, claro! Es una mascota, la mascota de la casa, más concretamente. Ha perdido su collar rojo y ahora, cuando la veo no consigo distinguirla. Ha perdido su mojo la gatita.

    Luego pienso en mi madre. Ella amaba esa casa. Qué me diría si siguiera viva? Le gustarían los cambios que he hecho? Le parecería bien lo que hago con la casa? De una cosa estoy segura. Le habría encantado saber que la vecina se mudó a varios kilómetros de allí, no porque esta le cayese mal, sino porque es tan invasora en la vida de los demás como sus gatos, y, cuando eso ocurre, o la pones muy en su sitio o te pones muy de puntillas para que no se de cuenta de qué es lo que haces en cada momento. Pero todo se acaba y eso, increíblemente, es otro ítem que hemos alcanzado con el paso de los años.

    Ha entrado el niño a mi habitación y me ha dicho que está lloviendo. Me vuelvo a la webcam. Si. Allí el día también va regular. El ánimo se alinea entonces con el día y decido que hoy debo pasar a la acción. Necesita mi mente mucha distracción para no tener pensamientos tristes, pensamientos de anhelos, de añoranza, llenos de recuerdos bonitos y en familia. No seamos cenizos. «Recuerda que tienes hijos y que ellos te necesitan fuerte, con la moral alta» me digo.

    Siento la mano de mi aún marido en mi brazo. De vez en cuando necesita asegurarse que no he cogido las de Villadiego y me he hecho humo. Ayer se enfadó porque puse su pantalón de trabajo a lavar y, a pesar de mirar en los bolsillos delanteros y traseros, no me fijé que tenía otro a media pierna. Ahí estaba su agenda, un bloc de notas, un pilot y una pluma. El resultado ha sido un enfado, un repetir colada, y todo lo que estaba en el bolsillo arruinado. Que porqué no me di cuenta? Alguien ha convivido con tres personas autistas en casa? Pues eso! Que cuando presto atención a lo importante no me fijo en cosas nimias. Ojalá haber tenido ese mantra años atrás! Tal vez eso me hubiera hecho aprovechar más tiempo de calidad con personas que ya se han ido.  Yo no soy Édith Piaf, que no se arrepentía de nada. Yo soy Sandra, la floja, la familiar, la que daría todo lo que le dejó su madre por conseguir un añito más a su lado. «Déjate de lamentaciones, levántate y ponte a recoger!» me digo. Pues eso! Feliz día!

  • La rigidez se resquebraja

    Describe un cambio positivo que hayas hecho en tu vida.

    Anoche, sobre las diez y veinte, llamé al enano, que estaba en el salón, para que se duchara y se fuera a acostar. No oigo respuesta. Repito. Nada. Ni un «voy» ni un «si». Silencio. Me levanto y voy al salón en modo «te voy a tirar de las orejas por tomarle el pelo a tu madre» y lo hago con sigilo, para que la presa, él, no salga huyendo. Llego al salón y veo su cuerpo pero no su cabeza. No se mueve y la televisión se ha puesto en modo reposo. Respiro profundo porque soy una ansiosa y no hay necesidad de hacer dramas sin afrontar aún qué pasa. Me acerco más rápida hasta el niño. Lo miro y tiene los ojos cerrados y una mano, la izquierda, cae toda sobre el resto de su cara. Creo que me está tomando el pelo, como siempre, y que se hace el desmayado o el dormido. Me río y lo toco mientras le pido que deje de fingir. No. No finge. Lo toco en modo «habrá perdido el conocimiento?» Miro su cara, su temperatura corporal. No. SE HA QUEDADO DORMIDO COMO UN TRONCO!!! Consigo despertarlo y se pone de pie sin dar crédito a haber hecho algo que su rigidez autista no le permite. Se ha dormido en otro sitio que no sea en una cama, y, además, cuando no le tocaba. Yo lo abrazo y lo beso de felicidad. Él no entiende un pimiento. Le digo que vaya a lavarse los dientes y un par de órdenes más, y cuando llega a la cama lo vuelvo a felicitar. Sigue sin saber qué diablos me pone tan contenta pero es incapaz de hablar porque su cerebro autista está flipando muy mucho, y, cuando eso pasa, le dice que no hable. Necesita entender y procesar y comprobar que se ha comportado como un cerebro agotado de un chico de doce años y que no está viviendo  un error catastrófico. Sí. Su cerebro no comprende que se está dejando llevar por la vida misma y que tras el blanco o el negro existe un gris. Y ya no habrá vuelta atrás porque comprobará que, al hacer lo que se quiere y no lo que se debe, se encuentra ante una satisfacción que no te la da la rutina, la predictibilidad. Muerte a hacer siempre lo mismo! Que viva ser espontáneo!!

    No pensé que mis ojos vieran algo semejante. Yo no quiero que mis hijos se comporten como los demás, pero sí que sean felices y yo creo que, cuando le dicen a sus rutinas que están bien pero que ellos son más felices saltándoselas, yo soy feliz al cubo. Como digo, no buscamos darles una pátina de neurotipismo, no. Queremos que vivan su vida sabiendo que en ellos no hay nada malo. Que si quieren herramientas para poder vivir en una sociedad que, cuando no hacen cosas propias de autistas los consideran unos excéntricos. Cuantas veces mi aún marido ha sido mirado desde la separación de una mesa con extrañeza, con suspicacia, con un poco, incluso, de desdén. Él ha utilizado un arma poderosísima contra todo eso. La ignorancia. No lee un pito en las caras de la gente. No se entera! Jamás en la vida hemos salido de ningún sitio con él preguntando que qué le pasaba a fulano que lo miraba raro. Niet. A más a más, es una persona que, si en la conversación que pones sobre la mesa le importa, cuando abre la boca para responderte lo hace de una manera inteligente y con una profundidad de conocimiento que él sabe que no tiene el de enfrente. Autistas 1, neurotípicos 0. Pero ay si le dices una chorrada!! Antes te miraba hasta con un poco de asco pero ahora, tras hacerle ver que el gesto bonito no era, te contesta frases de ascensor y corta la comunicación y se va con su mente a otro sitio. Al mar, si hay vistas, a la comida, si es buena y abundante…entonces pongo mi mano en su brazo y le hago volver, no porque me importe un pito si se evade, no, aquí todos somos mayorcitos y eso lo hace hasta con sus hijos, sino porque me gusta recordarle que en este planeta, evadirse y no escuchar al otro, es un poquito de mala educación, sobre todo si tu interlocutor es familia y te está contando algo que considera debes saber. Y él por ahí, disfrutando de sus pensamientos! Autistas 2 neurotípicos 0, la verdad!

    Si. Desde que formé una familia en la que todos, menos yo, tienen una manera de procesar el mundo distinta de la mía, me volví más empática, juzgo cero a nadie, he estudiado y me he formado para ser mejor madre para mis hijos, creé la misma cantidad de  paciencia que el pobre Job, y soy, sin duda alguna mejor persona que antes de conocer a mis hijos. Ellos me abrieron los ojos a otras realidades, a otras formas de vidas. Y eso ha estado bien. Muy requetebién!

  • ¿Y ahora qué?

    Ayer fue un día un poco complicado. El martes, al llegar a la casa, mientras cenábamos todos juntos sentí que el empaste de una de mis muelas decía bye bye. Procuré hacer como que aquí no pasaba nada, y seguí con las vacaciones poniéndome de perfil ante el problema. Ayer, tras comer en un restaurante, comencé a sentir un dolor en el lado izquierdo de mi cara y, al llegar a casa, tomé algo para el dolor. Caí dormida aun antes de sentir alivio y, al despertar, hice como que seguía sin pasar nada y, tras preparar las cosas, nos fuimos a la playa. Vuelta de nuevo a la casa, cenar, dolor, ibuprofeno y dormir. Me he levantado con el lunes ya planificado, con, entre otras, una llamada al dentista para que me extraiga la muela partida. Me viene fatal fatal este contratiempo. Menos mal que me pedí el lunes libre! Así podré correr sin preocuparme más que de mis hijos!

    Hoy es mi último día entre estas cuatro paredes. Han sido unas vacaciones llenas de descanso, de risas, de abrazos, de besos…a pesar del dolor de mi muela, que tiene a todos un poco nerviosos. Les he explicado que, mientras no coma, todo va fetén pero ellos no quieren ni oír hablar de que no me una a las rutinas familiares. Así que, ahora, toca ensayar sonrisas hasta que llegue al dentista y alivie mi sufrir.

    Voy a despedirme del jardín, de la pareja de pajaritos, de esta tranquilidad que se respira entre estas cuatro paredes, de la playa, que resulta ser tan terapéutica para el niño, y, en definitiva, tengo que asumir que he de volver a la rutina.

    Mientras descanso aquí, mientras leo, mientras disfruto de un lavavajillas que no tengo en casa, pienso en qué haré ahora que no voy a seguir opositando. Quiero llenar mi tiempo en algo que disfrute, que solo tenga que ver conmigo, o con conocer un poco más a Avatar, no sé. Estudiar sobre el autismo siempre me ha llevado a otro nivel en la relación con mis hijos pero, tal vez, solo tal vez, deba hacer algo que me permita conocerme a mí misma. A lo mejor resulta que hago unos ceniceros de arcilla cojonudos, o unos jerséis de crochet que quiten el sentido, y todo ello haga que esta ansiedad que me cubre sin saberlo, sin sentirlo, desaparezca y yo no solo no pueda, sino que ya no la sienta porque se ha ido. Puf!

    Mientras pienso en todo ello, entra mi aún marido en la habitación, me quita el mando del televisor porque, básicamente, estoy escribiendo, pone el volumen a nivel sordo, y comienza a cambiar canales y a protestar porque la tele, en esta casa, no va. A él le importa. A mi no. Yo aquí vengo a descansar. Las pantallas están casi prohibidas para mi mientras vivo aquí. Voy a levantarme y a abandonar la habitación. Este hombre enturbia mis chacras. Me voy al jardín. A regar. O a disfrutar de la pareja de pajaritos. Ellos sí que son un matrimonio bien avenido!

  • La calma de unas vacaciones rutinarias

    Estamos de vacaciones en la casa del sur. En los primeros días, fui incapaz de mirar los destrozos que había hecho Therese en la fachada pero ya cogí impulso, y, junto con mi aún marido bajé al jardín a mirar la herida de la terraza. Esta seguía ahí pero, los hierros oxidados que bajaban hasta el jardín, habían sido pintados y empastados por una visita que tuve, una que se refugió en la casa porque la tormenta impedía moverse e ir de visita a la isla de enfrente. A mi me sirvió para saber de primera mano si la pobre casa salía volando, porque la tormenta se hizo fuerte aquí y a ella le sirvió de parada y posta hasta el final de las lluvias. Como agradecimiento, me pintaron los hierros y me arreglaron un par de desperfectos. Así y todo, se ven un par de heridas que hay que curar, pero ya llamaré el lunes para pedir presupuesto. Ahora estoy de vacaciones, curándome la herida del fracaso de la jefatura. Ya pensaré en problemas el lunes próximo.

    Los días aún están regulares y hace un poco de frío  aunque vamos a la playa cada tarde, sentamos nuestros panderos, nos damos un baño en el agua helada, llevo al crío hasta unas boyas que, en cuanto las giras, son un arcoiris de vida marina, le explico lo que yo aprendí a menos años que él, saco una bolsa de papas fritas que comemos un rato y nos vamos de vuelta a la casa. Aquí cenamos en la terraza, mientras observamos la vida nocturna y nos reímos de las colas que los ingleses son capaces de hacer para tomarse una copa en un bar de estos en los que necesitas una cartera abultada para pedir alguna cosa. Es pijo a morir y la gente que acude a él son la antítesis de otro local que está enfrente y donde puedes ver a los clientes jugando al bingo. Concentrados. Como si les fuera la vida en ello. Si me pusiera de pie en la barandilla de la terraza y diera un salto de pértiga, caería en medio del local entre aplausos de extranjeros. Así de cerca está el borrachinche, que así lo llamamos, pero, para nuestra sorpresa, y a pesar de la proximidad, no escucho la música que pincha el dj de turno. Solo oigo el viento colándose por entre las ramas del árbol que preside el jardín, para luego mecer las palmas de las palmeras de alrededor, llevándote despacio a un lugar relajante y cálido. La casa es refugio, es hogar, son recuerdos, anécdotas, risas, juegos, llantos…y todo lo que atesora la convierte en un sitio mágico en el que pasas de un dolor mandibular por estrés a un estado de calma que te lleva a no desear que estas vacaciones acaben.

    Esta mañana mis hijos han salido a comer churros a una cafetería que solo los hace los sábados, aquí cerca, a la entrada del pueblo. Mientras me despedía de ellos desde la terraza del último piso, he visto que anoche llovió así que, como ayer estuve podando fuera, el olor a plantas, tierra mojada, flores, alcanzaba el segundo piso. Me quedé allí pensando en el peque, que me preocupa y mucho en esta adolescencia en la que va entrando con fuerza. Es adolescente si, pero me pide dormir abrazado a mi y, si tiene una pesadilla me despierta para que lo consuele.

    La casa consigue llenarme de la calma y la energía suficiente para encarar el último empujón de un curso que acaba, unos cumpleaños que comienzan a finales de abril y terminan en mayo, un replantearme qué quiero hacer ahora que he decidido colgar las oposiciones, a qué voy a dedicar mi tiempo. A ordenar mi hogar. Esa es la respuesta. A hacer de la casa donde vivo un lugar donde vivir y no un trastero. Necesito orden y calma. Y para eso tengo esta casa. Para llenarme de ambos. 

  • La comunicación

    Cuéntanos una habilidad secreta que tengas o que te gustaría tener.

    Mientras vas cumpliendo años, tus objetivos vitales suelen ser no caerte, respirar de manera normal, no estar enfermo y, que al agacharte no te crujan en exceso las rodillas o se te escape una ventosidad. Tú a tope con el hecho cierto de que, en cualquier momento te visita la señora de la guadaña y ya nos ha jodido mayo, frase muy de los compañeros de mi aún marido, y que me viene que ni al pelo. Ya no quieres volar, o correr a la velocidad de La Superabuela. No no. Tú quieres poder seguir teniendo la suficiente energía para vivir el día a día sin usar taca-taca que es algo que hace mi suegra, o mejor, la abuela de mis hijos, que ella en los asuntos del querer me dejó fuera de la ecuación por ser hija de padres divorciados. Digamos que es una mujer muy católica y digamos también que confundió perdón y caridad con inquisición. Va mal de oído y de entendederas, qué le vamos a hacer!

    Voy a hacer un paréntesis narrativo para contar una anécdota. Mi suegra conoció a mi madre el día antes de mi boda.  A ella y a su tercer marido les puso un café y ya. Sé de la generosidad de mi «madre política» con los que quiere, y ya les digo yo que si hubieran sido otros, se hubieran celebrado ese día y los siguientes Las Bodas de Canaan. La conversación fue tensa y, cuando llegó el momento al tercer marido de explicar de qué sitio de España era, saltaron todas las alarmas. El segundo marido de mi madre era de un país pasando los Pirineos, y en esa historia  dejé congelada a mi suegra porque, explicando los devenires de mi madre, me iba a ganar que un día  me arrojaran una Biblia al coco y yo no estaba por la labor. Mi madre y su marido, que tenían mucha calle, consiguieron llevársela al huerto. Yo hace 38 años que la conozco y sigo como una gata bajo la lluvia. Solo que ya no me quedo a ver si me abren la puerta de marras. Ya he encontrado gente que me ha acogido en sus corazones. Mis hijos, mayormente.

    Vuelvo a lo de la habilidad secreta. Si pudiera pedir una, sería la de poder comunicarme como Dios manda con mis hijos. Lo hago bien en un 70% de las ocasiones pero, si hay una urgencia médica o de otro tipo y debo dar órdenes de forma rápida nos vuelve a joder mayo. Entre las prisas, que tu boca y tu mente se tropiezan entre sí y las suyas que sufren un bloqueo, lo único sensato es respirar muy tranquilamente y pedir una cosa cada vez. Si no quieres que todo salte por los aires y la urgencia ya no sea tal porque ya ha pasado, y entonces la prisa dé paso a la resignación.

    Ayer mi aún marido no comió con nosotros. Me castiga por lo que pasó el viernes que, si no sabes lo que es, está escrito en la entrada anterior. Total, que se va a hacer un recado y no le dice a los chicos que vayan con él. Va a comer solo y como señal inequívoca se lleva la tablet. Mi hija se pone de un humor de perro y, tras explicarle que su padre sólo busca molestar-me, y que, con su enfado gana, logré gestionar una comida tranquila y llena de risas. Pero hay algo que soy incapaz de conseguir. Ellos se miran y se dicen una palabra, que asocian a vete tú a saber qué, que a su vez se une a nosécuantos y se ríen cómplices. Soy incapaz de algo así.

    Cuando volvió el padre del recado, y sin mostrarme enfadada le pedí ir a hacer la compra del mes. Salimos a unas horas en las que no había ni un gato y, al poco, ya estábamos de vuelta. Mientras estábamos en ello, observo que mi aún marido ha cogido una bolsa de tomates y, desde que lo hace, hasta llegar al carro, va intentando hacer un nudo sin éxito. Llega a nuestra altura y sigue, cual conejito de duracell, con igual resultado. Miro a mi hija. No me pilla lo que quiero decirle.  Dirijo mi mirada a ella y luego a su padre y me río. Ahora sí que sí que me sigue el rollo. «Guau!» exclama. «Lo he debido heredar». Pienso que ojalá haber heredado unos pocos millones y no esa mente brillante, llena de sensatez y dificultades para entender el mundo neurotípico, que no hace más que preguntarse si alguna vez será capaz de hacer amigos por sí misma y no porque se vaya de vacaciones con las amigas de una, ejem, edad de su madre. Y de poder hacer un nudo a una bolsa de plástico. Eso sobre todo.  Me gustaría tener esa habilidad,  la de hacerle entender, sin poner de por medio el que soy su madre, que en ella no habita ninguna cosa que le impida conseguirlo. Ella, claro, quiere ver resultados, pero es que aún no se ha dado cuenta de que, la gente de su planeta es infinitamente mejor que la del nuestro. Cuando eso ocurra, si ocurre, que espero que sí, no habrá ningún ser humano capaz de parar todo ese potencial y ese don que sé que lleva dentro. Y entonces el mundo pondrá sus ojos en ella. Y no querrán ver otra cosa, porque toda ella es una maravilla del mundo.