• Los diez mil!!

    Ayer esta aplicación me dio esta buena noticia y me pareció buena idea compartirla, en primer lugar, con mi hermana, que me animó a abrir Avatar, a mi hermano, que me lee, a mis terapeutas, que además de leerme me animan a que no deje de escribir, a mis amigas y, sin duda alguna, a quien se pasa por aquí a leer las aventuras y desventuras de una madre en un mundo que debió aprender a transitar. Ha sido el producto de dos años y medio, que no llega a otros blogs ni a la punta del zapato, pero eso no es lo importante. Lo que destaca aquí es la lectura de tanta gente y, para ser algo a lo que doy cero bombo y publicidad, pues no está mal. Mil gracias a todos!! Feliz semana!! ❤️

  • Los orígenes de Avatar

    ¿Cómo conociste a tu pareja?

    Esta historia ya la he contado pero hoy, que he llevado a su hijo en una caminata de unos tres kilómetros, comencé a recordar por el camino cómo había empezado todo. Yo tenía una depresión fortísima por aquella época, resultado de un viaje que hice el año anterior al extranjero para ver a mi madre. Antes de salir, tuve que hacerme el pasaporte y, como era menor, debía tener el permiso paterno. No coló eso de me llevo el papel y que mi padre lo firme. Mi padre fue a regañadientes y por no hacer daño a mi madre, que a esas alturas, ya estaba casada con otro y embarazada además, me hizo el gusto. Yo le importaba cero. Llegó con su eterno uniforme que daba a entender en qué trabajaba y con las manos como si saliera de una mina. La camisa, tres botones desabrochados y yo, a mis 17, pensando si no habría podido ponerse, por ejemplo, un poco de mugre por la cara y rematar el cuadro.

    La visita a mi madre duró un mes y, a los tres días, ya sabía que se había equivocado otra vez de marido. Además de aguantar sus cretineces, tuve que ver cómo mi madre, embarazada de ocho meses cargaba para él cual esclava el equipaje. El mundo matrimonial, pensé, no es lo mío.

    Al año de ese viaje mi padre deja de pasarme la pensión. Le digo a mi madre que porqué no denuncia que no le pasa a mi hermana la suya y me la da a mí que quiero seguir estudiando pero mi madre no escucha porque anda entre pañales con un niño pequeño que se despierta unas doscientas veces en la noche. Me quedo sin su apoyo. Voy al abogado y poco más o menos que me dice que espabile. Ya lo hago. Quiero seguir estudiando para no depender de nadie en un futuro. La justicia tampoco está de mi parte. Me enfermo y, tras una visita médica a casa porque yo veía insectos subir por las paredes, mi abuela localiza el teléfono del trabajo de mi mal llamado padre. Pregunta por él y, cuando éste se pone el teléfono en la oreja, oye la voz de mi abuela explicándole que estoy tan enferma que no puedo salir de la cama pero, que desde que mejore me iré con él para que, si no me da dinero, por lo menos viva y coma en su casa de lo que haya. No es el mejor de los apoyos pero funciona. No funcionará mucho tiempo pero sí el justo para que encuentre trabajo y me olvide de él.

    Con esos mimbres, un amigo de mi tía me organiza una cita a ciegas que no he pedido y que no quiero. Me indica que estoy deprimida y que debo conocer hombres que no anden mal de la azotea. Le digo que ni loca e insiste. Le termino diciendo que sí por plasta. Luego me entero que quiere ver al amigo de este chico porque le gusta y de ahí tanta insistencia. Pienso que el sexo masculino es la monda lironda pero ya he dicho que sí a la cita y me planto con mi tía y con él en la sala 1 de unos multicines que ya no existen. Saludo a su mejor amigo, a otro conocido que me tira los tejos nada más verme y al que mato de un golpe de mirada, y él, el prota, se retrasa. Luego descubriré que su pasión es llegar tarde. No me gusta la impuntualidad. Empezamos de fábula. Lo veo subir las escaleras. No se parece nada a como lo ha descrito el amigo de mi tía y, sin dar crédito, le digo que me jure por Snoopy que no es ese que sube. Mala suerte. Sí lo es. Se sorprende al vernos porque nadie le ha dicho lo de la cita. Voy a saludarlo con un beso y me da la mano. Miro a mi tía que se muere de la risa mientras yo noto un interrogante gigante sobre mi cabeza.

    Entramos a la sala y se han sentado todos para que nos toque juntos. Cuando voy a sentarme me pide que no lo haga porque le gusta poner su brazo estirado encima de la butaca de al lado. Lo miro alucinada y le contesto que voy a hacer algo mejor que es que voy a ponerme en el otro extremo para no verlo. Me pregunta que si estoy molesta. A esas alturas estoy flipando.

    Vemos la película y, al salir, con la excusa de llevar a un amigo a su casa, él se queda solo con dos mujeres y un chico gay a los que no conoce de nada. Nos vamos a tomar algo y, cubata en mano, comienzo a escrutar a semejante tío raro y capto que lo es, pero que parece buena gente, y eso me atrae tanto como la luz a Caroline en Polstergate.

    Así que, esa cita llevó a otra y otra más durante once años. Después de cinco años casados comenzamos a buscar a la niña y, cuando ella abrió los ojos descubrió que no estaba donde se suponía que debía estar. Yo noté su desasosiego desde el principio y él, ante aquellos comportamientos, solo pensaba que su hija era muy lista y muy juguetona. No le hizo gracia que le dijera que estaba huyendo de él en realidad, en vez de jugar pero esa es otra historia. El comienzo de Avatar…

  • Momentos

    Si pudieras revivir un solo día de tu pasado, ¿qué día sería y por qué?

    No tengo un solo día para revivir porque, a medida que pasan los años, uno va acumulando momentos que hubiera hecho distinto, por ejemplo, el último día que vi a mi abuela. Si hubiera sabido que aquella sería nuestro momento final, la hubiera cogido de las manos y le hubiera agradecido todos aquellos años que me tuvo bajo su cobijo, a pesar de todos los problemas que tenía ya fuera por sus hijos o por su marido, que era la monda para mal.

    También volvería atrás, a mi infancia, cuando aún podía dormir con mi hermana porque ella no quería que durmiera en otro sitio sino a su lado, para decirle lo mucho que la quiero, a pesar de todo y todas las circunstancias que se nos daría después. Le diría que las cosas se van a poner del color de las hormigas pero que podrá contar conmigo siempre que lo necesite. Además, añadiría que no perdamos el contacto, que nos escribamos y nos llamemos más de lo que hicimos después de que nuestras vidas saltaran por los aires.

    Volvería sin duda a la infancia de mi hermano y lo envolvería en una tela mágica que evitara las enfermedades. Sé que uno aprecia la vida con mayor anhelo cuando a uno lo ponen al filo mismo del abismo, pero creo que estuvo tantas veces ahí que, cuando enfermó la última vez me suplicó que no lo llevara al hospital. No sé si él se dio cuenta de la bronca que tuve con su médico cuando me dijo que llamara a mi madre porque era muy probable que se quedara en la mesa de operaciones. Le afeé el hecho de que me lo dijera en un sitio en que el niño podía oírlo y me contestó que si volvía a hablarle con aquella chulería nos echaba a los dos del hospital. Yo llevaba mi uniforme de cajera y a él le confundió mis pintas. Le repliqué que mi uniforme no reflejaba el que yo no supiera de leyes y, que si se le ocurría hacer lo que dijo volvería acompañada de la guardia civil que estaba, y está, a pocos metros. Luego me insultó y le contesté que no me gritara y no me faltase el respeto. Luego sentí el brazo de mi abuela mientras una enfermera salía detrás de un mostrador gritando que me fuera. Con esta actitud, pensé, han puesto a todos estos críos nerviosos. Salí de allí, me subí al coche de mi novio, que luego, vaya por Dios! formó conmigo Avatar, y me puse a llorar como una loca. Si volviera a ese día, me callaría, me quedaría con el niño y le diría que no creyera esas chorradas. Que yo lo conozco bien y sé lo fuerte que es y que saldrá de esa. Vaya que si!

    Otro momento al que volvería sería al nacimiento de mi hija. Ahí me quedaría poco porque, después de ahí se desató el infierno pero le diría muy bajito al oído que era cierta su intuición. No había nacido en el planeta que merecía pero que su padre y yo le íbamos a construir un hogar donde estar a salvo, donde poder ser ella, donde estar a gusto. Tal vez eso le hubiera servido de consuelo y no lloraría tanto anhelando estar con los suyos.

    Luego, después de todos estos paseos temporales acudiría a cualquier día en la vida de mi madre y me abrazaría a ella con fuerza para que pueda sentir todo el amor que se llevó con ella y para yo poder oler, una última vez, su perfume y oír su risa. Le diría lo mucho que la quiero y, esta vez, a ella no le quedaría ninguna duda de cuánto. No creo que supiera cómo la iba a echar de menos, pero me consuela saber que estuve con ella al principio, cuando abrí los ojos al nacer, y al final, cuando ella cerró los suyos para siempre.

  • La adultez

    ¿En qué momento te diste cuenta de que ya eras oficialmente adulto/a?

    Cuando la vida te pone unos padres como los míos, esto es, una chica muy joven, mi madre me llevaba diecisiete años, y un señor que descubre al primer golpe de vista que si pudiera daría marcha atrás en eso de tener hijos, te toca espabilar muy rápido. Tanto, que, cuando tenía unos doce años, me levantaba y preparaba dos zumos de naranja para mi hermana y para mí, dos bocatas para el desayuno en el patio, ponía en una cantimplora agua para bajar el pan, la peinaba y me peinaba, y procuraba que no nos vieran hechas un cuadro dando un repaso al uniforme de ambas. Sin embargo, yo todo lo realizaba con gusto porque durante un montón de años había tenido que tirar para adelante en soledad y eso fue peor que hacer algunas tareas en nombre y representación de mi madre que permanecía durmiendo en su cuarto mientras yo me encargaba.

    Luego llegó su marcha a un país extranjero con mi hermana del alma y con su partida llegaron las críticas feroces, algunas con razón, porque se llevó a la hija pequeña, a mí me tocó quedarme en casa de mi abuela y mi padre, que fue a despedirla al aeropuerto comenzó a decir que él no tenía ni idea de lo que iba a suceder para bien de victimismo y de dar pena a ojos ajenos. La mentira solo le duró un rato, el justo para darse la gente cuenta de que a su hija de trece años no le hacía ni caso. Había dejado de existir para él pero yo aún no lo veía. Los demás si y no me prepararon para la torta.

    Eran los años ochenta, acababa de hacerse una realidad la ley del divorcio y separarte de esa manera podía dejarte sin la patria potestad de tus hijos cuando saliera la sentencia tres años después de solicitar la separación. Como para que te pensaras rebién si estabas segura de mandar a tu pareja a freír bogas! La suerte que tuvo mi madre fue que su ya ex no nos quería ni medio cerca de su ser y no reclamó nada para él. Se quedó con casa, coche, sin hijas, y volvió al mercado sentimental diciendo que era soltero y sin retoños. A mi hermana no le pasó jamás la pensión y a mí me tuvo años con la lengua fuera haciendo malabares para pagarme los estudios de bachillerato. Cuando quise estudiar en la universidad, me dijo que no y yo, después de hablar con el abogado de mi madre, que me dijo que ya me tocaba buscarme las habichuelas y que mi padre no tenía porqué pagarme nada más, todo ello en un tono muy desagradable colgándome el teléfono después de despacharse a gusto y tras una fuerte depresión que casi no me lleva al otro barrio, decidí estudiar Turismo y pagar yo las cuotas mensuales, los libros, mis gastos personales, con un sueldo ajustado a trabajar 15 días en total. Me había buscado un trabajo a tiempo parcial porque me encontré un día frente a mi progenitor suplicándome que dejara de molestarlo. No podía creer que alguien que trabajaba, que no tenía deudas, que vivía como un soltero, no pudiera hacerse cargo si quiera de mis estudios siendo yo su hija. Hoy día, cuando pienso en ello, doy gracias a la vida por no haberme hecho nacer en Avatar. No hubiera durado medio minuto terrestre.

    En épocas de fiestas navideñas, trabajaba todo el mes, de lunes a domingo, para ganar un extra y poder comprar algún regalo a mi abuela y tíos. Estudiaba al llegar del trabajo, a las once de la noche, me levantaba a las 7 de la mañana y bajaba caminando a la escuela. Tenía un presupuesto tan ajustado que, el dinero para la guagua era el que era. Fuera de ahí, cuando ya no quedaba más, salía de la escuela de turismo y subía caminando hasta la casa de mi abuela. Para que se hagan una idea, el trayecto en la guagua duraba veinte minutos. Quiten las ruedas del bus, póngale dos piernas sobre un cuerpo con sobrepeso a causa de la ansiedad y calculen. Daba igual que lloviera, que tuviera que trabajar esa tarde, que estuviera enferma o que no me apeteciera. Si quería estudiar, era lo que había y punto. Eso sí, esos años me metieron en el mundo adulto de cabeza y no puedo estar más orgullosa de lo que hice con los mimbres que me dieron.

    Todo lo vivido en esa época me hizo entrar en el mundo de la sensatez, de la responsabilidad y aunque ese dicho que dice que «no hay mal que por bien no venga» me repatea el hígado, he de decir que, a mis 56, me siento orgullosa de todo lo que hice por salir adelante. Tengo dos hijos bien guapos, bien listos y bien autistas y con ellos he aprendido la última de las lecciones. A ser coherente, a decir qué voy a hacer y a cumplir con lo que digo. Y así, creo, cerré el círculo de la adultez. Viviendo y amando en Avatar.

  • Pérdidas y ganancias

    Hay semanas que pasan sin sentir y, cuando ves la cifra que marca el calendario sientes hasta vértigo, y hay semanas que te pasan como una apisonadora, lenta, arrolladora por completo, sistemática incluso. Esta que voy dejando atrás es una de ellas.

    Los problemas aquí en casa no paran de crecer. Entre los que tengo con mi aún marido, los que surgen en casa y los laborales, le sumas sin querer la pérdida de un familiar cercano, en este caso, una prima hermana de mi madre que, dicho así, parece un nadie trascendente, pero que te vio crecer, lo mismo que tú la viste casarse, tener hijos, salir del agujero familiar y disfrutar de sus triunfos para luego caer en una enfermedad, demencia frontotemporal, que la hizo querer abandonar este mundo en varias ocasiones. Al final, ha sido el corazón quien se rindió ante tanto sufrir y, una autopsia y un velatorio posterior te dejan parada en medio de la nada, recordando que no llegó siquiera a tocar la edad de la jubilación y piensas que tu familia, en general, no es muy longeva y cómo deseas vivir los años que te quedan.

    Cuando llegué al tanatorio, me encontré con una de sus hermanas y nos pusimos a recordar lo mucho que hemos compartido, el montón de gente a la que hemos despedido juntas, la de fines de semana que pasamos corriendo por la playa, a veces con las toallas anudadas en forma de capa simulando ser unas superheroínas de esas que vuelan tan alto que pueden viajar a otros mundos sin morir por no llevar traje especial alguno.

    Las madres de todos nosotros, allí el único marido era mi padre, se ponían en círculo y hacían una especie de terapia de grupo donde se contaban grandes problemas solo a medias no fuera a ocurrir que, alguno de sus vástagos, pillara que su padre, por ejemplo, le era infiel a su madre hacía como un millón de años. Yo me ponía lejos, pero no tanto como para no oír lo que decían y, a veces, pensaba que todas ellas habían elegido malos compañeros de viaje y que a mí no me iba a suceder igual. Espoiler de la vida…si.

    Con todas las emociones a flor de piel tuve que ir al trabajo porque, haber compartido con alguien millones de anécdotas no te da para pedir un permiso. Que digo yo que podrían poner un emociómetro y medir cuánto cariño teníamos hacia esa persona y, a razón de los resultados, dejarnos ir a despedirlo como corresponde. Me pasé por la última torre y quise que me fueran adelantando qué iba a trabajar cómo y con quién. A eso se le llama ansiedad. Me presenté a mi jefa, una chica más joven que yo, casada con un magistrado mayor que yo, y que, para que no saliera huyendo despavorida me tranquilizó incluso, diciendo que no hay nadie ocupando mi plaza desde marzo pero que el trabajo se ha ido repartiendo entre todos. Eso se traduce en que ya no llaman a interinos para cubrir esos huecos y la consecuente sobrecarga de trabajo para el resto de la oficina pero eso no lo dice porque ella está a tope con la reforma, a diferencia de mi, que entiende que, cuando llegue y me pongan a remar donde me ha tocado, esto es, en una zona donde no soy imprescindible y con un trabajo que evite que me deje a alguien en prisión más tiempo del debido, no voy a ser la preferida de mis compañeros. Para mí bien, soy capaz de asumir la situación, para los demás, no sé yo. Cuando salí de la reunión a la que acudió otra chica que aprobó conmigo, tuve la necesidad imperiosa de salir de allí y llamar a mi madre para contarle la suerte que había tenido después de 17 años de trabajo. Me paré en seco en el pasillo que conecta las cuatro torres, y, como si viviera mi propio eclipse solar, pasé de la luz a la oscuridad un rato largo. Luego recordé que, seguramente, ella se enterara al mismo tiempo que yo, sin teléfono ni otras tontadas. Y entonces pasó el eclipse y volví a ser luz. Y seguí mi camino…

  • La mañana de domingo

    Ayer comencé a tener un dolor en el bajo vientre, como si mi cuerpo se estuviese preparando para una menstruación de esas que luego me duraban 16 días y es muy curioso porque, acto seguido, mi hija sufrió una migraña preludio de la suya que sí existe y que es bien dura además.

    Como soy mujer serena, pensé que mi dolor era señal de enfermedad chunga y, tras enumerar los síntomas, he descartado el dengue y la fiebre tifoidea. El resto de enfermedades cuadra con los síntomas de ayer. Además, tomé una ducha con agua fresca y, al sentarme en la cama a poner el móvil en modo avión, comencé a chorrear sudor como si acabara de hacer deporte. Bueno no, haciendo gap que yo no soy de sudar durante los ejercicios. Curioso! De ahí a asumir que me hundo cada ves más en este «tomatón» que diría Candela Peña, y que necesito visitar un ginecólogo cuanto antes a ver si me alivia, ha sido todo uno. Debo mirar el último informe ginecológico porque ahí me mandaba la doctora unas pastillas y unas pautas que ya no recuerdo pero que seguro que eran útiles porque la muchacha, además de encantadora, es muy profesional. Tampoco recuerdo dónde está el informe. Voy fetén!

    Me he venido al salón en busca de fresco y estoy deseando que mi aún marido se levante para abrir las ventanas de mi habitación y parasitar allí. Tengo al peque justo enfrente. Lo miro de soslayo mientras él está con el mando de la tele en la mano, en calzoncillos, ojalá ser él! quedándose dormido a pesar de que suena Thriller de Michael Jackson, y comparan a éste con su sobrino que hizo una peli. Yo no estoy al cabo de la calle y veo con asombro el parecido y el trabajo de mimetizar su imagen para ser su tío y me parece lo que veo algo asombroso. Miro la figura de Michael, tan delgado siempre, y siento una pena enorme porque odio saber que tuvo una muerte tan prematura por haber sufrido malos tratos y no haber podido superar ese dolor de la infancia. Es triste siempre el dolor infantil.

    Miro de nuevo a mi hijo. Ya me está haciendo saber que no quiere que esté allí. No quiere que me asome a lo que ve en la pantalla del televisor. Mi hija me hace igual. Aunque esté viendo videos de gatitos, si me acerco, baja la pantalla para que yo no mire lo que está haciendo. Me levanto. No sé dónde ponerme. El dolor de ayer se une al de espalda de hoy. Definitivamente, si no voy al gimnasio cuatro o cinco veces, el fin de semana lo paso fatal. Salgo de esta aplicación y me agendo dos clases mañana. Tengo pendiente agendar otra el martes y volvería el miércoles pero una amiga se ha ofrecido a darme unas prácticas con el coche para que coja independencia y vuele sola. Es lo mejor que tiene mi trabajo, la gente que he conocido en él y las amistades que he hecho. Ya contaré si no caemos las dos al muelle emulando a Thelma y Louise!

    Vuelvo a recostarme en la cama. Mala idea. A los cinco minutos me falta el aire del calor. Me siento en la cocina donde corre fresco porque está abierta la ventana del salón. No son las 9 y ya estamos a 24 grados. Escribir esta entrada me está suponiendo hacer una especie de circuito del hogar que me tiene agotada.

    He pasado por la habitación del niño donde el caos reina a mansalva. No se puede pasar sin pisar papeles. Su padre dice que va a despejar hoy todo lo que tiene en ese cuarto que le pertenece. Soy una Santo Tomás femenina. Cuando lo vea lo creeré.

    Vuelvo a mirar a mi hijo. Ahora aletea las manos y salta sin mirar nada. No está aquí ahora mismo sino de viaje en Avatar que es lo que hace siempre que algo de este lugar llamado hogar no le cuadra. Ahora mismo he sido yo, al ponerme en el sofá frente al suyo. Estoy por llamarlo, abrazarlo y pedirle que me lleve a su planeta. Se acerca a mi porque ha visto que lo miraba. Nos abrazamos y noto que está fresco. Él me señala, como quien no quiere la cosa que me nota el cuerpo caliente. Como sabe que ahí da en hueso, comienza a bailar para mí un baile que él considera sensualón. No puedo evitar reírme con ganas a pesar de lo agotada que estoy. «Eres un tío listo!» Le digo. Y es verdad lo que digo. Es un chico tan listo que, cuando ha sentido que lo necesitaba ha acudido a mi lado y ha hecho desaparecer, como por arte de magia, todo lo que hace un segundo me tenía acongojada. «Y muy buena gente!» Continúo. Y sigo atrapada en su abrazo sanador un rato más. Ya no siento calor!

  • Anoche

    He tenido una noche horrible de calor y, a mí, que cuando duermo soy indestructible, esto es, no me levanto al baño, no me despierto y vuelvo a dormirme etc, lo de anoche ha sido de traca. Puede ser que al calor este que no termina de abandonar las islas se haya sumado que ya hay fumata blanca respecto de los destinos de penal. Me han dado lo que pedí en tercer lugar. Ejecución, no sé si con penas privativas de libertad. Y no tengo ni idea porque ahora pides un código y no un sitio tipo Penal 1, por poner un ejemplo. Ahora pides el número 9876543, por decir algo, y reza para que, cuando llegues allí, no estén azotando a la que se va. Para una persona como yo, que la ansiedad es su superpoder, ir tan a ciegas me revienta.

    También puede ser producto todo ello de la comida de ayer, que fue todo sano excepto el vino que trajo mi aún marido. Era una botella pequeña, con un vino fresco, seco, sin sabor afrutado que entonces no pruebo porque me da migraña. Total, que el vino, de entrada perfecto, pero luego tenía un abandono de tu cuerpo algo peleón. Hice una mini siesta, me fui a la peluquería con el enano y allí comencé a notar como si los Siete enanitos de Blancanieve pasaran por mi ser con lanzallamas y comencé a sentir un calor horrible que culminó en noche de mierda.

    Al salir, el enano comienza a dar bandazos y pienso que está aún con lo de Michael Jackson, pero me fijo en él y tiene un color amarillo pesado y las manos heladas. Le abro corriendo un dulce que le han dado en la peluquería porque es autista y portarse como lo ha hecho después de aguantar el secador no muy fuerte cerca de su oreja es un plus, y se lo pongo en la boca para que el azúcar haga la función de animar ese niño con forma adulta que, como caiga, me veo llamando una ambulancia. Me dice que está mareado y yo le contesto que no hace falta que lo jure. Encima, por la zona donde vivo se va a rodar una escena de una serie o película y me urge salir de un sitio a donde no puede acceder un vehículo de emergencia. Me da por pensar que, como suceda, entre los técnicos que están montando todo aquél follón, cojerán al enano y lo pondrán en otro lugar donde no les pare el trabajo. Si tuvieran que hacerlo me linchan por ser la madre del chiquillo. Me regodeo pensando que volveré a mi casa del sur el próximo fin de semana, pero iremos y volveremos en guagua porque mi aún marido trabaja este mes todos los fines de semana.

    El día que fue a recogernos en el final de las vacaciones, además de llegar cuando aún comíamos, de invitarnos a ir a un local próximo que encontramos lleno hasta las cachas y que, al verlo de lejos así cogió las de Villadiego, de decirnos de otro sitio que, a la velocidad que llegamos con el coche el crío pensó que se lo pasaba, de pedir la comida, no revisar el pedido, protestar porque el pedido es incorrecto, soltar un exabrupto y decirnos que nos esperaba en el coche, de tener que convencer luego a mi hija de que el enfado no era por su culpa, de calmar al chiquillo que ya iba nervioso por el viaje, yo ya toqué techo en cuanto a aguante se refiere. Cuando llegué al coche y tras afearle lo que había hecho con una calma pasmosa, decidí que ya no más Santo Tomás. Que estoy más tranquila si él no está. Encima, cuando ayer le digo que no dé mi móvil para SUS cosas personales, me suelta que yo utilizo su coche. Suena igual que decir huevo y castaña. Lo mismo. En fin! Es lo que tiene saber que ya no me acogota pero andar luchando esa batalla perdida aunque sea con un alfiler en las manos.

    Ayer me dijo por enésima vez que era una mujer empoderada. «Eso es!» le contesté «y ahí te duele» seguí. Así que he decidido vivir mi vida sin importarme o sin pensar qué va a pensar o va a decir al respecto. Ya hacía un rato que había cambiado pero él fue el último en darse cuenta.

  • Los consejos

    Si tuvieras que dar un consejo que te cambie la vida, ¿cuál sería?

    No soy yo muy de dar consejos porque total, la gente luego hace lo que le parece y tú te acabas preguntando que porqué aguantaste una chapa de dos horas, dando pañuelos y consejos a diestro y siniestro si no ha hecho lo que le dijiste. Luego vienen los aviesos «te lo advertí» como un triunfo de tu sabiduría sobre la ignorancia de quien está frente a tí. Puede incluso que te levantes, pongas tu mano sobre la cabeza del errado y le digas un «te perdono» de mierda que hace que el otro se sienta bien pequeño ante tu magna sabiduría que te dan los años, los daños o peor, una altivez supina que desconoces que tienes colgando de la chepa.

    Si tuviera que dar un consejo, uno que no te cambia la vida pero que creo importante, es ten hijos solo si luego eres capaz de tratarlos como a un jarrón Ming o no los tengas porque consideras que no te motiva nada tomar decisiones personales que afecten a la vida de estos.

    Cuando tienes hijos sacrificas lecturas, días de playa tranquilos, viajes, actividades que te gustan y que notas que le vienen fetén a tus chacras…pero no es algo que dure toda la vida, eso es verdad, los hijos se hacen mayores y adquieren su propio criterio y desean hacer cosas que tú no imaginabas de tu retoño.

    Luego está el delicado tema de la salud. Hay gilipuertas que le cuentan, aún hoy día, los dedos al bebé para ver que todo va bien. Hay quienes no saben que la vida tiene sus giros y sorpresas desagradables y, aunque ves a un bebé perfecto, dentro de él se libra una batalla que tal vez tú desconoces y que a lo mejor, tras auscultarlo el médico te dice que debe pasar por un millón de pruebas y sientes que el suelo se abre sobre tus pies, mientras enumeras qué errores cometiste durante el embarazo. Chorradas. La vida tiene esas cosas. Solamente.

    Luego hay gente como yo. Embarazos bien, partos bien, Test de Apgar de la criatura 10, adiós al hospital y hola hogar, para descubrir, con sorpresa y horror, que tu bebé no soporta tus abrazos, que la cargues en un canguro, que le pongas juguetes en la cuna. Que llore tanto tanto que creas que algún dolor desconocido lo atenaza en su interior mientras vas y vienes de urgencias tantas veces que ya están por poner tu foto como paciente del mes en la sala de espera. Que empieces a observar que no imita, no habla, no señala. Que ante un peldaño pequeñito debas ayudarla todas las veces a subirlo y se caiga todas las veces al bajarlo. Que un día, de tan triste que está, se siente en uno de esos peldaños y te mire como diciendo: «Mira chica, hasta aquí! No puedo más y encima, no sé qué me pasa!» Y tú, con más arrojo que conocimiento le prometas, le jures que vas a ir a su rescate y la vas a salvar de lo que quiera que sea el peligro.

    Años más tarde me confirmaron lo que yo adiviné en la sala de partos. Mi hija provenía de un planeta con habitantes con un plano neuronal distinto al nuestro. Ni mejor ni peor, solo distinto. Y a partir de ahí, cogí mi maleta y partí hacia Avatar. Y aquí sigo, disfrutando de la tranquilidad que da la rutina y agarrándome fuerte cuando algo la rompe.

    Hoy me he despertado más temprano que mi hijo y, al verlo dormir, me congratulé de haber tenido a su hermana que fue la que me enseñó a dar los primeros pasos en Avatar. Él, siempre antes de despertarse me busca a ciegas y me abraza, intentando sujetarse a ese estado de quietud que desconoce cuando está despierto. Lo abracé a pesar de los mil grados que hacen ya de buena mañana, y lo besé en el pelo, como a él le gusta. Luego se debió acordar que hoy es su último día en la casita, ha abierto los ojos y me ha preguntado: «nos levantamos?» Y tras esto el día ha comenzado a fluir hasta este momento que escribo, más tarde de lo habitual, es cierto, pero es que tener hijos es lo que tiene!

  • Una semana raruna

    Aquí, en la casa del sur, toca ir despidiéndose. Mañana vendrá «mono sabio» que es el apelativo que le han puesto mis hijos a su padre, a buscarnos. De ahí a casa y, si no hay más remedio, me tocará vivir un agosto lleno de ausencias y reproches.

    Hemos vivido una semana intensa aunque ayer, ante el calor, el enano subió a por un medicamento para su dolor de cabeza y yo, ante la toma de este, decidí no exponerlo, encima, al fuerte sol que hacía que te dolieran los ojos. Permanecimos los tres junto al ventilador, bebiendo agua fresca de la nevera y moviéndonos lo justito.

    Mi hija lleva una semana regulera. El lunes se empeñó en comprarse unos sudokus de camino a la playa. Si me lo hubiera dicho antes de salir, hubiera pillado dinero, pero no, desde que puso un pie fuera me dice que ella y su hermano van al centro comercial a ver si consiguen algo. No me dice si me espera o no en ningún sitio porque cuando quiere algo entra en modo misil tierra-aire y no te escucha. Los esperé justo a la entrada de un parque que desemboca en la playa y, oh my god! conseguí dar con ellos. Me explica que ha calculado por tres euros y que le falta uno. Mi lema es no llevar nada de valor a la playa porque tengo el síndrome de las que ya le han robado el bolso dos veces. Si hay una tercera, que se lleven toallas mojadas. Antes de poner un pie en la arena, necesita entrar en un supermercado para ver si allí ve lo que no ha visto en todo el centro comercial. Su último cartucho. Le digo que la espero a la sombra y le señalo qué sombra, pero ella ahora es ese misil tierra-aire y ni me ve ni atiende lo que digo. Como tarda en salir y ya preocupados, su hermano y yo nos dirigimos al negocio caminando hacia la avenida y, cuando comenzamos a acercarnos a la bajada de la playa la vemos en la arena. Una mujer menopáusica acalorada y unas levantadas de voces después, preguntando que en qué sombra le dije que la esperaba, cogió las llaves de casa y se fue.

    Al día siguiente, disculpas y abrazos mediante, le pido que entre en la web de la universidad a distancia en la que quiere entrar a modo de buscar información. Entra y, tras muchos gritos de frustración después que yo trataba de apagar desde la cocina, me dice que no va a la playa. Que está harta. Por el camino el enano, que ya es un hecho que me ha dejado ese mote a mi, me recrimina que pusiera a flor de loto nerviosa y decidiera esa tragedia griega. Mi menopausia y yo lo miramos con ganas de asesinarlo pero él tiene esa mirada que ponen todos los estafadores antes de dejarte limpia la cuenta. ESA mirada.

    El miércoles cojo otro libro de la biblioteca de casa, uno de Carmen Mola, porque en dos días me he terminado uno de cuatrocientas páginas de Carme Chaparro, y me lo llevo a la playa con la esperanza de leer en paz. Ni hablar! Saco el libro y, mi hija, miss «no tengo sudokus» y miss «no me gusta leer» comienza a importunarme para que no lea. Tanto, que el libro acaba en sus manos mientras yo vigilo a su hermano. Compruebo que Michael Jackson está en su punto álgido de obsesión y, cada tres chapuzones oigo un «jiii jii» que viene de sus labios. Bailando el otro día con unas zapatillas que ha dejado ya por pequeñas, a causa del riego de los jardines y de sus movimientos imitando al rey del pop, cayó de culo y tuvimos que ir la hermana y yo al rescate. Él se levantó despacio solo para añadir drama a lo cómico de caer así y, tras comprobar que no había daños sino en el ego, proseguimos la marcha.

    El jueves fuimos los tres sin incidencias a nuestra cita playeril pero, a consecuencia de la calima y de la caída de la tarde, se puso el ambiente fresco. Cuando ya había decidido que me quedaba un rato más, oigo las quejas de mi hija por la izquierda explicando que tiene frío. Le paso la toalla de su hermano y decido marcharme solo quince minutos después de nuestra hora habitual.

    Al llegar a casa, se me acerca el enano y me dice, él que no tiene ni reloj ni dispositivos que le den la hora, que hemos salido muy tarde de la playa y que se le va a hacer tarde para la cena. Abro la boca para explicar y me sale una carcajada de admiración ante ese reloj biológico más preciso que cualquiera de los que se fabrican en Suiza. Lo beso y le digo finalmente que ya verá que no. Se nos une la hermana que me pide perdón por ser, por estar. Le digo que deje de decir tonterías y que disfrutemos del abrazo.

    Es una pena que esto termine. He disfrutado como una niña chica de la compañía de ambos. Espero que ellos también lo hayan hecho conmigo…y con mi menopausia!

  • Mi sueño cumplido

    ¿Cuál es tu sueño más grande?

    Hoy es mi santo, lo fue de mi madre y lo es de mi hija. Tengo en mi perfil de WhatsApp mi primer nombre porque poner ambos siempre me pareció un poquito demasiado y, total, la gente en general me conoce por éste y no por Sandra así que, sin problemas. Pues bien, llevo, desde que me levanté, recibiendo felicitaciones para mi hija, a pesar, como digo, de mi nombre de perfil, que digo yo que si me hubiera puesto, como alguna, Paloma que Vuela Sobre el Mar, entendería la confusión, pero, de esta manera, comprendo las pocas ganas de leer que tienen algunas personas y me entra algo de depresión.

    Al grano. Mi sueño más grande se ha cumplido ya en parte. Recuerdo cuando invitamos a nuestra hija por sus notas de la Ebau a un sitio muy elegante, de esos que, además, tiene unos ventanales que asoman a un paisaje precioso, todo ello con la idea de amortiguar el golpe de explicarle que no podíamos pagarle la carrera. Mi hija creyó que bromeábamos, y, cuando cayó en que no, salió a llorar al baño. Yo le explicaba los pagos que debíamos hacer y que eran del todo inviables. Si su hermano no se convertía en una espora no había manera de hacer frente a pagos con su certificado de discapacidad caducado. Ni con él! Su padre rápidamente pasó a explicar el plan B, opositar y que, al conseguir la plaza, estudiara lo que quisiera. Le dijo que no había prisas y yo, por apuntalar el que se viera años y años con lo mismo, le dije que se diera dos para aprobarlas, le recomendé preparador, le dí todo mi amor y mi apoyo, y con esos dos bastones hechos de palillos de dientes, salió a buscarse sus lentejas. Yo iba junto a ella, explicándole que se preparaba para el año siguiente, que no se atragantara con lo que había que estudiar, que confiara en sus capacidades y en su profesor. Yo estudiaba para el cuerpo de Gestión y así, además, daba ejemplo. Acababa de aprobar promoción interna. Ella me miraba de soslayo, como cuando de peque quería algo y yo ponía todo el contenido del armario de la cocina en fila para que cogiera lo que demonios quisiera. Nunca tuve éxito con eso y ella me miraba entre un «te odio por no entenderme» y un «gracias por intentarlo».

    Cuando salimos del examen ella ya venía con la energía baja de mis compañeras. Me dijo que le había salido fatal y yo me sentí morir. «No puede ser» me dije. «Toda esta mierda de dejar a su hermano con alguien para estar las dos aquí tiene que ser para algo bueno!».

    Preparé la comida y caí en estado comatoso, pero, al levantarme de la siesta atisbé un panorama distinto. Sabía que su autoestima no le permitía ver el valor de lo que ella es, que es muchísimo, y le dije que esperara a corregirse el examen. Cuando eso ocurrió, supe que podía haber pasado el corte. Todavía quedaba el supuesto. Me pasan las respuestas y me voy a corregirlo justo antes de la terapia de su hermano. Luego, pedirle a la terapeuta que me calcule el resultado y los gritos de alegría de ambas y los abrazos.

    Sale la lista de aprobados y su profesor, que debe tener algún amigo en el Ministerio, le envía un correo. Como sabe que es autista porque se lo he dicho yo con el ánimo de que entienda que ella se va a SU hora porque toca guagua y cena, además de quitarse todas las interacciones sociales de su aura para no caer en meltdown, me manda el mismo correo a mi. No debe cambiar ni el «Buenos días doña Ana». Comienzo su lectura y cuando llego a la parte que dice que está en la lista de aprobados corro a su encuentro, resbalón mediante al coger una curva, la encuentro, la abrazo, lloro como el día aquel en que al pronunciar su nombre me contestó «qué?». Ella está igual de estupefacta. No entiende mi alegría, es incapaz de asumir su logro, no sabe la medida de lo conseguido. Y allí me quedé, abrazada a ella como un abrazafarolas cualquiera, borracha de orgullo y de amor aunque no a partes iguales. Recordaba todo lo luchado, el enseñarla a hablar, señalar, subir y bajar peldaños, el pañal, quitarle el biberón, los millones de pictogramas, las enfermedades y las incógnitas de no saber qué le pasa…hasta llegar ahí, a ese momento mágico en el que sabes que todo valió la pena.

    Luego ví acercarse a su hermano por la derecha que, tímidamente me preguntó si estaba orgullosa de su hermana. «Estoy orgullosa de los dos» le dije. Y es verdad! Lo miré a los ojos y quise ver cuál sería su camino pero aún no había nada claro. No importa! Lo realmente importante es que estamos en ello. Con toda la energía y todo el amor del mundo!